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La reposición de Le nozze di Figaro en el Gran Teatre del Liceu, con funciones los días 9 y 10 de junio de 2026, presentó una lectura visualmente arriesgada que llamó la atención del público y reaviva el debate sobre las puestas contemporáneas de los clásicos. La propuesta de dirección escénica y el atrevido diseño de vestuario transformaron la comedia mozartiana en una experiencia sensorial que, en varios momentos, alteró la comprensión de la trama original.
En esta versión, la escenografía de Max Glaencel y la dirección de escena de Marta Pazos plantearon el espacio como un gran banquete simbólico donde los personajes adquieren identidad a través de elementos visuales cotidianos. El vestuario de Agustín Petronio llamó la atención por su inventiva: prendas y accesorios que sugieren objetos comestibles dotan a cada figura de una corporeidad muy definida, aunque esa misma opción complica la lectura dramática en los dos primeros actos.
El público respondió con entusiasmo a lo lúdico de la propuesta; sin embargo, la puesta gana claridad y eficacia en la segunda mitad, especialmente en las escenas en el jardín, donde la dirección escénica y la música encuentran un mejor equilibrio.
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Reparto y voces
El elenco ofreció matices interesantes, con intérpretes que brillaron por técnica y compromiso escénico.
Adriana González firmó una Condesa de fraseo afinado y emisión controlada, capaz de transmitir elegancia vocal. Anett Fritsch, por su parte, mostró buenas cualidades en el recitativo y en el centro del registro, pero quedó algo limitada en los agudos finales —notablemente en «Dove sono»—.
Sara Blanch confirmó su momento artístico con una Susanna de gran musicalidad y proyección, culminando el último acto con una lectura intensa de «Deh vieni, non tardar». Anna Prohaska se inclinó más hacia la eficacia teatral que hacia la fluidez vocal en esta función.
Mención especial para Julia Lezhneva, cuyo Cherubino aportó frescura y juego escénico; su lectura juvenil incorporó destellos virtuosos que sorprendieron por su precisión. Mireia Pintó completó con solvencia el reparto femenino como Marcellina, y Lucía García Guerrero encantó como Barbarina con una entrega simpática y recursos vocales notables.
Solistas masculinos y conjunto
Los dos barítonos elegidos para el Conde, Andrè Schuen y Samuel Hasselhorn, ofrecieron composiciones serias y estilísticamente adecuadas, aunque con una proyección algo limitada en la sala. El Figaro de Luca Pisaroni destacó por su perfil interpretativo maduro y seguro.
Entre los bajos, el joven gallego Alejandro Baliñas llamó la atención por la calidad y amplitud de su voz; todavía tiene margen de crecimiento, pero mostró claras virtudes. Completan el reparto nombres de solvencia como Roberto Scandiuzzi, Alejandro López, Moisés Marín, Roger Padullés y Luis López Navarro, todos ellos cumplidores en sus papeles.
- Fecha: 9 y 10 de junio de 2026.
- Dirección musical: Giovanni Antonini.
- Dirección de escena: Marta Pazos; escenografía de Max Glaencel; vestuario de Agustín Petronio.
- Puntos fuertes: inventiva visual, reparto femenino sólido, dirección musical atenta al detalle.
- Limitaciones: lectura escénica que complica la trama en los primeros actos y ocasional interferencia de la coreografía en arias solistas.
Dirección musical y conjunto
La batuta de Giovanni Antonini resultó en una lectura vivaz y respetuosa de la partitura; supo adaptar tempi y dinámicas a una orquesta del Liceu reducida pero de sonoridad cuidada. El clave de Rodrigo de Vera tuvo un papel meritorio en el acompañamiento, aportando claridad y pulso histórico en momentos clave.
El Coro del Liceu respondió con solvencia, pese a que en una ocasión su aporte vino desde el foso, lo que alteró la presencia escénica habitual. Las secuencias coreográficas, diseñadas para ocupar espacios muertos de la escena, añadieron ritmo visual, aunque en algunos pasajes llegaron a competir con voces solistas.
En conjunto, la función confirma una tendencia actual en la que los equipos artísticos buscan reinterpretar los clásicos con lenguaje contemporáneo. Esta versión de Figaro ofrece imágenes potentes y algunas decisiones musicales muy acertadas, aunque su eficacia dramática depende en buena medida del acto que se esté interpretando.
Para espectadores interesados en las renovaciones escénicas del repertorio operístico, la propuesta del Liceu es un ejercicio estimulante: provoca debate, destaca por su cuidado estético y deja claro que la ópera sigue siendo un campo abierto a experimentos que mezclan tradición y riesgo.












