¡¡ Sobrevivió !!
a Daniela que felizmente nació hoy en Toledo
En los años 50 del pasado siglo durante mi infancia las primaveras las pasábamos en Los Pinos de temporada, a una legua de Valverde a la altura de El Cuervo que era la estación del Ferrocarril del Buitrón, 3º en antigüedad de los trenes mineros que se construyeron en España a principios de 1900, en nuestra casa de campo situada entre los carriles de los Cuco Viejo y Nuevo, junto a las casas de Los Chaparro de Rio Tinto, La Cerquilla, la casa de Pirulo, detrás del núcleo que conformaban las de Medina, Rafael Mora y D. Teodoro.
Nuestros puntos de referencia eran la estación del Cuervo, el coto de Zarza, el dique de Campanario, Las Palomas, Los Cuartos, las Ventas de Baquero y el Pirráco . Más lejos quedaba la Venta Eligio y Puente, al sur y Los Cristos y las Tres Ventanas, al norte, camino ya de Valverde. Al este, Pedro Lope -más lejano- con el Cuco Viejo y el Cuco Nuevo, más próximos.
Desde la estación, iniciábamos el camino a casa dando la espalda al Cuervo, penetrábamos por el carril, por delante de la casa de D. Juan Moreno, con sus rosales de pitiminí y el molino inglés, al otro lado del carril la casa de D. Juan Zarza y el pinar, el inmenso Pinar del Estado que se extendía hacia el norte, es decir, lindando con la via del tren, en dirección a Los Cuartos, las tres Ventanas, el Pimpollar, huerto de los alcornoques y el Cuco Viejo en el este, lindando siempre con el carril que iniciamos desde la estación.
Nuestro modo de entretenernos era por las mañanas, hacer "los mandaos" ; a Pirráco a por vino, ultramarinos, etc. , ir a la estación a despedir a alguien, a por la leche y los huevos, unas veces a casa de la Rocio La Gata, otras al coto de Atanasio - así llamábamos al que era de Zarza- en donde veíamos ordeñar, parir las vacas, etc.
Una vez pasada "la digestión" y tras la preceptiva "pasada de estropajo con jabón" en le baño redondo de zinc, limpios como patenas, ahí que nos íbamos con nuestras sandalias, mono de peto y camisas de cuadros, camino de los columpios que no era otra cosa que montones de palos -troncos de eucaliptus- amontonados longitudinalmente en formas triangulares en cuyo vértice atrabesábamos el más largo y recto para colocarnos, uno o más de nosotros, en cada extremo y así columpiarnos a modo de subibaja.
Allí, bajo la atención de los mayores, disfrutábamos todos, nos encontrábamos con todos los niños de las casas próximas, Medina, Malavé, Romero Castilla, etc,. y muchos de Huelva y Sevilla. Estábamos al tanto de la llegada y salida de cada tren que pasaba, del poco tráfico de la carretera y de todo lo que se movía, aquello era como la plaza del pueblo.
De allí partía el carril que paralelo a la vía del tren bordeaba el Pinar hasta Los Cristos. A pocos metros de los columpios, al borde mismo del carril estaba nuestro pino amigo, nuestra atracción preferida, era como un tiovivo, un centauro gigante en el que, montado en su loma soñé cantidad de veces viajes imposibles, geniales, inolvidables.
Era nuestro referente para jugar al torito salvar. al torito esconder, allí y en su derredor mos daban el pan con chocolate. Desde allí, loma arriba partíamos a divisar el horizonte porque arriba en lo alto, junto a los dos alcornoques acojonaos de estar siempre entre pinos gigantes, desde allí "se vé el Monumento a Colón", nos decian.
He vuelto, fue una corazonada, estos días hice algo que no debe hacerse pero lo hice; volví y ¡¡está allí!!, se conserva bien, yo diría que muy bien y los pinos que le acompañan, inmensos y orgullosos, también;
¡¡El Pino del Caballo!!, le arreé un par de tortazos en los cuartos traseros y...
Me despedí . . ., musitando:
...Aquí, a tu vera aunque, por siempre, durmiera en el suelo...
Doria
Boomp3.com
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