Recuerdo escolar de los cuarenta
Qué mérito, qué vocación y qué enamorado de la profesión había que estar para ejercer como maestro de escuela en aquella época de tanta carencia y tanta gurrumía, eso sí, alguno, otros como en todos los campos le daban tres leches. Y tú tenías que ser muy aplicado (no es mi caso, siempre fui revoltoso y judica) si querías aprenderte eso de: “España limita al Norte con el Mar Cantábrico, al Sur con el Océano Atlántico, al Este con el Mar Mediterráneo y al Oeste con Portugal” que por cierto era el límite más conocido porque de ahí traían el café los estraperlistas.
Pero, ¡coño! Cómo iba a ser una enseñanza de calidad en un tiempo en el que no soplaba la cuchara ni el maestro ni el alumno ¿quién puede enseñar con el buche vacío y un montón de metros de tripa sin estrenar? ¿Cómo se puede aprender si realmente desayunabas un cachillo de pan pringao en el negro aceite de las brecas? Así muchas veces faltabas a la escuela y te dedicabas al trampeo de las cincetas en los Riscos Terceros.
Tengo grabado en mi mente aquel mapa de España con las provincias coloreadas que servía para dos cosas: para conocer la ubicación de dichas provincias y para hacerse la foto del recuerdo. Nunca me fotografié, el fotógrafo siempre creyó que no era necesario, pues me decía, tú con una etiqueta de Anís del Mono vas más listo que cañón de órgano. Voy a contar un hecho: mi compañero de banca o pupitre, además de ser un cascabullo, era de tez cetrina ¡qué coño es cetrina! Parecía un conguito en un cubo de alquitrán. Un día que estaba yo malencachao y éste me estaba dando el coñazo porque quería que yo le cambiara un cristaleño por un jamá camachuelo y lo mandé a hacer puñetas diciéndole “Cállate que eres más negro que …” (lo comparé con el paquete testicular del asno pardo). Ni corto ni perezoso, el cascabullo fue y se lo dijo al maestro. El maestro, como siempre, tomó medidas, cogió la larga vara de palma y, a modo de torneo, impactó en mi costado; una sola vez, porque luego me escapé y, corriendo por entre las bancas, salté por la ventana que estaba siempre abierta porque la falta de limpieza del alumnado de entonces hacía irrespirable el ambiente del aula. Mientras la canalla se lo pasaba bomba gritando y animando al maestro para que siguiera el torneo con otro galápago que se reía. Así, pasábamos el tiempo.

En aquellos años, por la mañana, al entrar en los colegios existían dos tipos de saludos: si era religioso, decías “¡viva Jesús!” y la monja portera contestaba “¡viva María!”; en los públicos “¡arriba España!”.
Termino no sin antes decir que en aquellos años de gurrumías, el queso y la leche en polvo que nos mandaban los americanos creíamos que nos iban a sacar de culeros… “¡por las castañas!”. El queso era más amargo que la madre que lo parió y la leche, como era en polvo, al echarle el agua se formaban grumos como cristaleños y había que echarle lo que dijo Goro para que pasara por los tragaeros: “¡Mamá! ¿Por qué la leche en América es en polvo y en España es líquida? Porque en España la ordeñan y en América la sacuden, Joío tonto” Hasta la próxima.
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