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Memorias IV Imprimir E-Mail
Escrito por José María Ortiz Arroyo   
Sunday, 30 de November de 2008

 Los Palillos de la Permanente 

 

“¡Niño, anda, ve a la droguería Sur y dile que te dé un bote pa la permanente!” “¡Coño, mamá! Antes he ido por la yerba pa los conejos y ahora a por el bote pa la permanente, y los chiquillos esperándome pa jugar a los zonchos”. Creo que, con toda razón, el lector nuevachón se hará la siguiente pregunta, si es que sigue leyendo mis humildes y viejos relatos locales: cómo es posible que este galápago tenga tanta cuerda; ahí va la explicación. Primero: la edad (hice la mili con lanza, aún no existía la pólvora), segundo: además de gozar siempre de buena memoria, desde chiquitillo me fijaba más que un mochuelo en todo lo que pasaba a mi alrededor, archivándolo en el coco hasta el día de hoy y, tercero: mis fuentes de información; por un lado mi abuela y mi madre (dos cachitos de pan enmelao) que me empaparon siempre de dulces y amargos retazos de la antigua y veja vida local.

 

  

Y, como digo, eso por un lado, y por el otro también bebí a tragantones en la banquilla, ateneo de sapiencia y fino humor y juro que pasé ratos inolvidables charlando y aprendiendo de aquella encantadora gente. En mi libro “La casilleta, viejas costumbres y formas de hablar” le rindo humilde homenaje a maestros y operarios de la banquilla, que en aquellos duros tiempos costaba sangre sudor y lágrimas ganarse aquel raquítico sustento. Bueno, ya está bien de aclaraciones y vamos a lo que vamos que no era otra cosa que hablar de los palillos de la permanente.  

    

Cierro los ojos y me veo a mi abuela sentada en una vieja silla de toniza debajo del limonero con la cabeza chorreando de aquel pestilente líquido que se usaba para echar la permanente. Mi madre detrás y, sobre el taburete de ordeñar la cabra, la caja de zapatos llena de palillos redondos, con aberturas en los extremos para, una vez que se enrollaba fuertemente cada mechón de pelo en el mencionado palillo, también fuertemente se apretaba el rulito formado de cabello, papel de fumar y palillo, pasándole una argolla elástica que se fijaba en las aberturas del palillo. Terminada esta operación, todo el conjunto craneal femenino quedaba cubierto con el trozo de crespón hasta su secado total que no duraba menos de 24 horas. Era un pasillo de comedia entre mi abuela y mi madre cada vez que le echaba la permanente, pues se picoteaban constantemente. Mi abuela: “anda, joía polarma que me vas a dejar calva de los estirones que estás dando”, mi madre: “po zabes lo que te dijo, que  ya me tienes jarta y hasta la coronilla de tanto quejarte; la próxima vez que te lo haga tu nuera que te quiere mucho”, “Anda pallá zotabastos, que eres una barbiana de castañas” Digo yo, y termino, que si mi abuela hubiera conocido los productos L´Oreal, Margaret Astor, Chanel, se hubiese puesto loca de contenta, pues le pirraba acicalarse. Pero, con lo que hubiera disfrutado como lechón en charco hubiera sido al conocer al afamado peluquero Llongueras, ya que se hubiera ahorrado el suplicio que suponía para ella el tener que soportar la colocación de los palillos de la permanente.

 
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