La Gaceta de Valverde
Hoy 28 de julio hace 145 años de la llegada del Ferrocarril a Valverde del Camino.
Previo a los actos de la Velá se repartió el ejemplar del diario vespertino “La Gaceta de Valverde”, que la comisión del centenario de la Casa Dirección ha editado con motivo de tan extraordinaria efeméride, la llegada del ferrocarril a nuestra ciudad, con todo lo que significo para Valverde marcándolo y haciendo de aquel pequeñísimo núcleo todo lo que nuestra ciudad es en la actualidad.
Un periódico que recoge el momento de aquel 28 de julio de 1868 cuando la locomotora Victoria llegó asombrando a propios y a extraños con su ímpetu y la modernidad que traía asociada, así como noticias del momento en el pueblo, sesiones de nacional, internacional, sociedad etc.
Un repartidor de excepción Jesús Copeiro ataviado a la usanza de los maquinistas de la época irrumpió en la calle santana repartiendo la Gaceta de Valverde, que pronto se agotó, pero que el concejal de cultura Juan Francisco Alcaria, prometió una nueva hornada en breve de este magnífico trabajo y del que reproducimos su primera pagina donde se recoge la llegada del ferrocarril a nuestra ciudad hace hoy 145 años.

Gaceta de Valverde
Año II, Número 265
Martes, 28 de julio de 1868
El ferrocarril llega a Valverde
Sólo son nueve kilómetros más de vía. Pero la inauguración del segundo tramo del ferrocarril de San Juan del Puerto a Buitrón, que ya une la Venta Eligio, en el paraje de Los Pinos, y Valverde del Camino, reunió ayer en la estación de la localidad andevaleña a la plana mayor de The Buitrón and Huelva Rallway and Mineral Company Limited, la empresa constructora de la línea férrea, y a diversas autoridades, entre ellas el gobernador civil de Huelva. Tras algo más de un año de obras, el ferrocarril, primero que se construye en la provincia, alcanzaba por fin uno de sus destinos más deseados, la villa de Valverde. A mediodía, la locomotora Victoria entró en la estación, inaugurando el tráfico ferroviario entre San Juan del Puerto y Valverde del Camino. La ruta desde la costa al Andévalo, en busca de los minerales del interior, queda abierta. Y Valverde se ha convertido en su puerta.
Al entrar en la explanada del Dolor, la locomotora Victoria, una máquina rutilante de 2 ejes y 18 toneladas, bautizada con el nombre de la reina de Inglaterra, soltó por sorpresa un chorro de vapor, y un pitido fenomenal zumbó en las laderas de los valles, a las afueras de Valverde del Camino.
“Es nuestra Victoria”, dijo, inclinándose hacia el alcalde, D. Diego Bull, director de The Buitrón and Huelva Rallway and Mineral Company Limited, la empresa constructora del ferrocarril de San Juan del Puerto a Buitrón. “Anuncia su llegada como una buena dama británica”. D. Pedro Moya, el alcalde, de pie junto al inglés en el pabelloncito de las autoridades, no acertó a contestarle: estaba impresionado, como el resto de la concurrencia.
Eran las doce del mediodía en la improvisada estación de ferrocarril. Hacía rato que el fresco de la mañana había desaparecido, la explanada, abarrotada de público, resplandecía bajo el sol de finales de julio, y los cobertizos y almacenes levantados en una semana por los operarios de la compañía ferroviaria se recortaban extrañamente contra un cielo azul muy limpio, al lado de los cercados y de los campos ejidos.
La locomotora desfiló majestuosamente por la estación, exhibiendo al sol sus costados, negros y pulidos como un coraza. Los raíles temblaron y el aire se volvió muy denso. “El zumbido de las vías podía sentirse en los dientes, y la boca te sabía a hierro”, explicaba un espectador, claramente conmovido. Con todo, lo más impresionante fue la manera de marchar de la máquina; un racimo de enormes bielas plateadas que iban y venían sin descanso, imprimiendo sobre las ruedas toda la fuerza del vapor.

INGENTE EXPECTACIÓN
El público, que había estado expectante y predispuesto para una manifestación de júbilo durante toda la mañana, enmudeció y a pesar de los aspavientos del maquinista y el fogonero, que trataron de encender a los presentes saludando enérgicamente, asomando medio cuerpo fuera de la cabina, y agitando unas banderas a cada costado de la máquina, el primer tren que llegaba a la villa se detuvo casi en silencio, en medio del pasmo general.
Incluso la festiva comitiva de chiquillos y exaltados que la locomotora venía arrastrando desde su paso por las primeras casas del pueblo entró en la explanada desfallecida, arrebatada por el ambiente general de reserva, y no tardó en disolverse entre la multitud.
Algo más de un centenar de personas, arremolinadas, según su atrevimiento, junto a la vía o en la grada natural de la ladera de las Peñas, aguardaban como en trance un desenlace. Habían quedado sobrecogidas por la demostración de potencia de la Victoria.
“Las doce en punto”, anunció el señor Bull en la tribuna de autoridades, dirigiéndose de nuevo al alcalde, más satisfecho por la muesca que las agujas dibujaban en la esfera de su reloj de bolsillo que por ninguna otra cosa del mundo. Y remachó: “Puntual como una buena dama británica”.
D. Pedro Moya sonrió levemente, mirando al inglés: “Una dama con unos modales terribles”, replicó, súbitamente recuperado del sobresalto. Y con un gesto de su mano, como si quisiera espantar algo, indicó a la banda de música que comenzara a tocar.
Fue el contrapunto esperado. El público despertó, los espectadores que aún permanecían en las laderas bajaron corriendo a la explanada, y la multitud excitada no tardó en rodear la locomotora. Las tareas de refresco de la máquina habían comenzado, y el maquinista y el fogonero, al pie de la misma, mantenían ya una actitud un tanto resignada, cuando la avalancha se les vino encima. Prácticamente, no vieron el suelo en el breve trayecto que recorrieron entre la cisterna de agua y la tribuna de autoridades: todos querían ahora tocarlos, zarandearlos, jalearlos. Los sombreros volaban en el cielo caliginoso. “Es la modernidad”, gritaba la gente. “El ferrocarril ha llegado a Valverde”.


UN GRAN ANUNCIO INESPERADO
Desde primera hora de la mañana, en la estación todo estaba dispuesto, según instrucciones precisas, para alentar al público a una moderada manifestación de júbilo. La compañía de ferrocarriles podía dar por seguro una cosa: la creciente curiosidad de los valverdeños por el espectacular aparato de máquinas, materiales y hombres asociado la construcción del tendido ferroviario que hace quince días alcanzaba la localidad. Cuando la Victoria irrumpió en la estación, para gran parte del público aquello representaba el momento culminante de un espectáculo diario que en menos de un mes había traído a la villa los últimos adelantos de la moderna era de los transportes.
A pesar del comunicado, con firma del seños Bull, enviado a principios de semana al Ayuntamiento de Valverde, en el que se informaba de la finalización de las obras en el tramo de Venta Eligio a Valverde del Camino, la actitud en la explanada se prolongó hasta el último momento.
Toda clase de máquinas, mercancías y materiales, procedentes por ferrocarril del embarcadero de San Juan del Puerto y de las oficinas centrales de Trigueros, arribaron a la estación de Valverde.
“Hay que ultimar las obras de los andenes, de los talleres, almacenes y muelles”, declaró a este periódico un capataz. El despliegue de medios era sorprendente. Al igual que en los últimos días, la explanada del Dolor, un campamento extranjero surgido de la noche a la mañana en la margen oriental del pueblo, bullía ayer por la mañana de actividad.
Ni siquiera el tránsito de mineral fue interrumpido. Hasta bien mediada la mañana, las hileras de bestias procedentes de la mina de Buitrón no pararon de descargar en los aledaños de la explanada su preciosa mercancía: piritas de una gran pureza que formaban ya dos docenas de montículos, en espera de ser transportados por el ferrocarril al muelle de San Juan del Puerto.


LA MARCHA DE LA VICTORIA
“La recta de entrada es preciosa: muy larga y en ligera pendiente descendiente. De no habernos encontrado tan pronto con público, la Victoria hubiera entrado en la estación a una velocidad mucho mayor. Veníamos lanzados”. Luis Roca y Herman Cartersen, el maquinista y el fogonero de la Victoria se habían convertido en el centro de atención y explicaban rodeados de público, autoridades y prensa, las incidencias del viaje.
En efecto, el desfile de la Victoria comenzó junto a las primeras casas del Barrio Viejo, cuando un grupo de vecinos apostados al pie de la vía se unieron de improviso al convoy, corriendo a su lado y jaleando al maquinista y al fogonero. Entonces Roca y Cartersen, divertidos por el recibimiento, decidieron reducir definitivamente la marcha de la locomotora, y responder con una serie de silbidos a la comitiva. “Nos sobraba vapor en la caldera. ¿Por qué no derrochar un poco en divertirnos?”, añadió Herman Cartersen.
Poco a poco, los discursos políticos, pronunciados en un tono relajado a la puerta de la tribuna de autoridades, fueron robando protagonismo al relato de los divertidos pilotos de la Victoria. “Este es un día histórico para nuestra villa. Valverde, Beas, Trigueros y San Juan se encuentran desde hoy unidos por ferrocarril”, destacó D. Pedro Moya, incidiendo quizá en el aspecto más importante de la inauguración del nuevo tramo.
Al final de los discursos, el proyecto de gran estación que la compañía de ferrocarriles tiene para Valverde estaba muy bien perfilado. The Buitrón and Huelva Railway and Mineral Company Limited, que tiene concedida la explotación de la ruta de sur a norte que sigue la divisoria entre los ríos Tinto y Odiel, mediante la construcción del ferrocarril de San Juan a Buitrón, ha apostado decididamente por aprovechar la extraordinaria situación geográfica de la villa andevaleña. El establecimiento de los talleres principales de la línea y de las oficinas centrales de la compañía en Valverde responden a este propósito.
El público aplaudió cuando D. Pedro Moya y D. Diego Bull se estrecharon las manos a modo de clausura de los actos, ante la mirada complacida del gobernador civil de Huelva. Con el ferrocarril ha llegado la modernidad, la nueva era del vapor, y la revolución de la industria y del transporte.
Al final de la mañana, la actividad de la explanada del Dolor había adquirido un significado más prosaico: con toda seguridad, el trabajo no iba a faltar en los próximos años. Amortiguado por el sopor de la canícula y los discursos, el pitido con que la locomotora Victoria se había anunciado al vecindario de Valverde no parecía ahora una señal tan brusca o agorera. Tan sólo la llamada a una larga y próspera jornada laboral: igual que la sirena de una fábrica.

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