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Los humedales de España llegan a una encrucijada: un informe reciente y la conmemoración del Día Mundial de los Humedales ponen de manifiesto que la pérdida de agua, los modelos productivos y el calentamiento global están acelerando su degradación. Las decisiones tomadas ahora tendrán efectos directos sobre la biodiversidad, la seguridad hídrica y actividades económicas locales.
Un inventario que no garantiza protección efectiva
El recuento nacional refleja que aproximadamente uno de cada cuatro humedales figura en el inventario oficial, y que España acumula 76 zonas de interés internacional según la Convención de Ramsar. Sin embargo, esa clasificación no se traduce necesariamente en conservación real sobre el terreno.
La evaluación difundida por la Fundación Global Nature, con datos actualizados hasta finales de 2024, muestra un panorama mixto: una minoría de humedales mantiene un estado cercano al natural, pero una parte significativa presenta alteraciones que van desde intervenciones moderadas hasta la desaparición completa.
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- 13,2% de los humedales registrados conservan su estado sin alteraciones significativas.
- 37,1% muestran conservación con intervenciones humanas.
- 36,7% han sufrido alteraciones relevantes.
- 12,2% están muy degradados.
- 0,8% han desaparecido.
Agricultura y agua: el nudo crítico
Organizaciones internacionales y ONG sitúan la gestión del agua y la agricultura intensiva entre las principales presiones. El uso intensivo del suelo en las cuencas, sumado a la extracción masiva de acuíferos, reduce el caudal disponible y modifica los ciclos naturales.
Expertos consultados insisten en que muchas actuaciones humanas sobre la topografía de un humedal suponen cambios permanentes: cuando el drenaje, el relleno o la urbanización alteran la morfología, la recuperación se complica. Las variaciones locales existen, pero el patrón de sobreexplotación es recurrente.
El aporte excesivo de fertilizantes y otros nutrientes empeora la calidad del agua y favorece procesos de eutrofización. En épocas de escasez, estos ecosistemas quedan especialmente vulnerables porque dependen en buena medida de las precipitaciones y de la gestión responsable de recursos subterráneos.
Recuperación posible pero urgente
Contrario a ecosistemas forestales que tardan décadas en recuperarse, los humedales pueden responder con rapidez si se restauran los flujos hídricos y se mejora la calidad del agua. Ese potencial convierte a estas zonas en candidatas prioritarias para inversiones en conservación.
Organizaciones como SEO/BirdLife trabajan en la restauración de sistemas hídricos en espacios clave —entre ellos áreas del Parque Nacional de Doñana y humedales en el sur de Alicante— para favorecer tanto la entrada de agua como su calidad, medidas que también benefician a especies acuáticas y aves migratorias.
Qué está en juego
La integridad de estos hábitats condiciona la supervivencia de numerosas especies. La cerceta pardilla, por poner un ejemplo, sigue entre las más amenazadas y depende de humedales bien gestionados para reproducirse.
Además de la biodiversidad, los humedales actúan como reguladores de inundaciones, retenedores de carbono y filtros de contaminantes. Su pérdida afecta a la resiliencia frente a sequías y fenómenos extremos que se prevén más frecuentes con el cambio climático.
Medidas urgentes y prioridades
Especialistas y colectivos ambientales proponen una hoja de ruta con actuaciones concretas y de impacto inmediato:
- Ampliar la protección legal y actualizar el inventario nacional con criterios de vulnerabilidad.
- Fortalecer la gobernanza del agua: control de extracciones, regulación de regadíos y gestión integrada de cuencas.
- Reducir la contaminación difusa actuando sobre el uso de fertilizantes y gestionando mejor los residuos agrícolas.
- Priorizar proyectos de restauración que recuperen el régimen hídrico y la conectividad entre humedales.
- Dirigir incentivos económicos hacia prácticas agrarias sostenibles y alternativas menos demandantes de agua.
La legislación europea ofrece herramientas para proteger espacios naturales, pero su eficacia depende de la aplicación en el territorio y de la voluntad de administraciones y actores privados para cambiar prácticas arraigadas.
En un contexto de sequías recurrentes y temperaturas crecientes, la conservación de los humedales se presenta como una inversión en seguridad ambiental y social. La próxima década será clave para decidir si estos ecosistemas recuperan funcionalidad o continúan rumbo a la pérdida irreversible.












