Crítica: La barraca sigue mostrando la misma miseria de siempre

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El Teatro Fernán Gómez recupera este mes una lectura contemporánea de Vicente Blasco Ibáñez: La barraca llega a la Sala Guirao en una versión que busca conectar la novela decimonónica con problemas actuales como la vivienda, la migración y la violencia comunitaria. La directora Magüi Mira desembarca en la casa que la vio nacer artísticamente y presenta una puesta que pretende conmover por su eco en 2026.

La elección del texto no es casual. Blasco Ibáñez, escritor y político valenciano de finales del siglo XIX, puso en clave social los conflictos del campo; hoy esos conflictos reaparecen en la agenda pública: subida de alquileres, desahucios, tensiones entre lugareños y recién llegados y formas de violencia que impactan en la convivencia.

Un regreso con peso propio

Para Mira, este montaje supone un retorno simbólico: fue en este teatro donde, según la directora, recibió sus primeros pagos por actuar, y ahora regresa para asumir la dirección de una obra que define como profundamente humana. Junto a ella, Juan Carlos Pérez de la Fuente, director del Fernán Gómez, reivindica la idea de que la pertenencia artística se forja en el escenario y recuerda la fragilidad de las instituciones y las personas cuando se enfrentan a conflictos recurrentes.

La versión que llega a escena está firmada por Marta Torres. El montaje plantea la llegada de la familia de Batiste Borrull a una barraca en la huerta valenciana y el rechazo que provoca ese asentamiento: arrendatarios que pretenden dejar las tierras en barbecho como gesto de poder, rencillas intergeneracionales y una escalada que desemboca en tragedia.

El actor Daniel Albaladejo, responsable de dar vida a Batiste, confiesa que el texto le dejó sobrecogido: nunca antes había sentido tal emoción durante una lectura teatral. Afirma que la pieza funciona como una «poesía en movimiento» que remueve y confronta, imágenes cotidianas proyectadas con la intensidad de lo que todavía nos resulta doloroso y reconocible.

Qué cuenta la obra y por qué importa ahora

Lejos de presentarse como un documento histórico, la nueva producción subraya la contemporaneidad de los conflictos que retrata: la precariedad material y afectiva, la desconfianza hacia el otro y la violencia que surge en comunidades cerradas. La directora quiere que el público vea «un espejo» de lo que sucede en diversas partes del mundo, desde zonas en conflicto hasta barrios urbanos con problemas de exclusión social.

En palabras de Mira, la obra interroga la relación entre identidad y territorio: cómo la tierra configura autoestima, cómo la falta de recursos —el ejemplo del agua aparece como símbolo central— puede transformar paisajes humanos en espacios de desolación. La directora, además, preside la Academia de las Artes Escénicas y vinculó recientemente esa preocupación al tema del agua en la última gala de los Premios Talía.

Claudia Taboada y otras intérpretes del reparto subrayan el lugar de las mujeres en la trama: en un entorno tradicionalmente masculino, su presencia revela dinámicas de género y supervivencia, y aporta una mirada sobre la voz femenina en la vida rural de la época y su eco en nuestros días.

Reparto y detalles prácticos

Además de Albaladejo, el elenco está integrado por Antonio Hortelano, Jorge Mayor, Antonio Sansano, Patricia Ross, Elena Alférez y Jaime Riba. La propuesta evita dividir a los personajes en buenos y malos: predominan las motivaciones humanas, la necesidad y la esperanza frente a la adversidad.

  • Autor: Vicente Blasco Ibáñez (versión de Marta Torres)
  • Dirección: Magüi Mira
  • Reparto destacado: Daniel Albaladejo, Antonio Hortelano, Claudia Taboada, entre otros
  • Dónde: Teatro Fernán Gómez — Sala Guirao, Madrid
  • Cuándo: Temporada hasta el 21 de junio de 2026
  • Entradas: desde 15 euros

El montaje promete ser emocionalmente exigente: combina elementos de tragedia rural con imágenes que remiten a las noticias actuales —conflictos, migraciones, crisis habitacional— y pretende que el público salga cuestionando certezas cotidianas.

En un tiempo marcado por debates sobre vivienda y convivencia, esta versión de La barraca reivindica el teatro como espacio para reflexionar sobre por qué ciertas dinámicas se repiten y qué consecuencias tienen para comunidades enteras. No es solo una visita al pasado: es una interrogación sobre la persistencia de los mismos problemas en el presente.

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