Guiris comían mucho más tarde en los siglos XVIII y XIX que en la España actual

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Alessandro Barbero propone en su nuevo ensayo que los horarios de las comidas —lo que comemos y a qué hora— no son simples hábitos neutrales, sino señales sociales que han cambiado radicalmente desde el siglo XVIII. Ese desplazamiento, cuyo rastro aparece en cartas, novelas y memorias, ayuda a entender cómo la vida urbana, las clases altas y la lengua reconfiguraron la jornada: y por qué hoy, con cambios en el trabajo y la movilidad, esa historia vuelve a tener consecuencias.

Un archivo de costumbres que corrige ideas recibidas

El libro reúne testimonios variados —literatura, diarios de viaje, correspondencia— para reconstruir cómo se formaron y transformaron los horarios. Lejos de ser un asunto anecdótico, Barbero muestra que la hora de la comida funcionó como un indicador social muy visible: cuánto y cuándo se come distinguía a unos grupos de otros.

El recorrido histórico incorpora figuras tan dispares como dramaturgos, diplomáticos y viajeros: algunos se resisten a cambiar su reloj corporal, otros adoptan las rutinas de la ciudad. Esos testimonios permiten seguir la progresiva tardanza del almuerzo en las élites europeas y la reacomodación de términos alimentarios en distintas lenguas.

Cómo cambió el vocabulario y lo que eso implica

Un rasgo revelador es la sustitución de palabras: en varias lenguas europeas los términos asociados a la comida central del día se desplazaron, reflejando también un cambio de horarios y de costumbres. Ese fenómeno lingüístico anticipa transformaciones sociales y hábitos que se consolidaron entre finales del XVIII y principios del XX.

Región / Época Comida principal Observación
Italia / s. XVIII Pranzo al mediodía Costumbres más tempranas fuera de las cortes urbanas
Francia / finales s. XVIII–XIX Transición de dîner a déjeuner para el mediodía El término para la cena se desplazó, evidenciando el retraso de la comida principal
Inglaterra / s. XVIII–XIX Almuerzos aristocráticos cada vez más tarde (3–6 pm) La hora de la comida se convirtió en un rasgo distintivo de la aristocracia urbana

Ejemplos de hora y distinción social

Los relatos conservados muestran escenas concretas: autores y observadores describen mesas que se llenan ya bien entrada la tarde, invitados que ajustan su llegada a reglas de cortesía nuevas y viajeros sorprendidos por costumbres que chocan con las suyas.

En Londres, por ejemplo, existían señales oficiales y costumbres de la corte que fijaban comidas a horas tardías, lo que obligaba a visitantes y diplomáticos a adaptarse o quedar fuera de la etiqueta. En otros contextos, como ciertas provincias francesas o italianas, la hora de la comida siguió siendo más temprana, acentuando la distancia entre centros culturales y periferias.

Consecuencias culturales y cotidianas

El retraso de la comida principal tuvo efectos en la agenda social: la vida nocturna se alargó, la cena perdió protagonismo y aparecieron pequeñas comidas nocturnas que cerraban la jornada. Esa reorganización transformó rutinas familiares, el calendario de los espectáculos y la industria de la hostelería.

  • Marcador social: La hora de comer sirvió como signo de distinción entre clases.
  • Lengua y hábito: Cambios léxicos acompañaron y facilitaron los cambios de horario.
  • Cultura urbana: Retrasar el almuerzo alimentó una vida nocturna más intensa y nuevas costumbres sociales.
  • Persistencia histórica: Tras la Primera Guerra Mundial hubo desplazamientos que devolvieron en parte los ritmos anteriores, mostrando la dinámica no lineal del cambio.

Barbero utiliza estos casos para plantear una lectura amplia: los rituales alimentarios son ventanas para interpretar jerarquías, redes de poder y procesos de modernización cultural. No es solo cuándo comemos, sino qué significado social se asocia a ese cuándo.

Por qué importa ahora

La historia de esos desplazamientos ilumina debates actuales sobre horarios laborales, conciliación y hábitos alimentarios en sociedades globalizadas. En momentos de teletrabajo, turnos nocturnos y servicios 24/7, entender que los tiempos de la comida se negocian socialmente ayuda a explicar tensiones entre generaciones, regiones y sectores profesionales.

La investigación recuerda además que las palabras que usamos para las comidas llevan huellas de ese pasado: los términos no son neutros y pueden revelar tanto cambios de práctica como presiones sociales para marcar diferencias.

En suma, la obra plantea que, detrás de una rutina cotidiana como la comida, se esconde una historia de poder y distinción que sigue influyendo en nuestras agendas y en la forma en que organizamos la vida pública y privada.

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