Diccionario de andar por casa (Huelva y provincia)
Por Manuel Garrido Palacios
Facilitado por: Andrés Romero
Amor a la palabra
El gran mercado de las palabras está en la plaza pública de la tradición oral. De ahí proceden las de este libro. Palabras que hicieron posible algo tan complicadamente simple como nombrar cada cosa según convenía al común en cada lugar. La tradición oral es canto rodado que se talla en el río del día a día hasta que desemboca en el mar del idioma para vivificarlo. Puede que la homologación que propician los medios de masas acabe arrinconando esta 'cosa inútil', como la llamó un sensible político de turno, conocedor de la impotencia de estas voces frente al coro de bombo, platillo, tribuna, pompa y circunstancia. Aunque esta obra fue pensada para recoger palabras sueltas, hay que entender la dificultad de guardar el trozo preferido del cuadro y desechar el resto, y es porque cada palabra arrastra de compaña el perfil de quien la dice, su ámbito vital, la magia del momento, el tintineo de la cuchara en el vaso del café ofrecido, la receta que brota tras una tos, el calor del brasero, el despegue del corcho de la botella de anís olvidada en la alacena, el aroma a pasado, el sabor rancio de la tarde de pueblo en la que fue anotada. Esta cosecha de palabras ha florecido en plazas, mercados, tabernas, cocinas, calles, campos, azoteas, en cátedras de anea junto a la mesa camilla o en gradas frescas de umbral. Ha sido cosa de percibir en saludable rebujo palabras insinuadas, mediodichas, sobrentendidas, pero plenas de sentido, intención, tamaño y belleza soltadas mientras se hacía la compra, con la prisa de la mente volandera, la fantasía a flor de labios, el amorío en ciernes, el miedo, la sorpresa o el temblor del podio callejero, o sea, en el gozo de la simple expresión. Palabras guardadas como en alcanfor, aún sin olor a tinta, ni eco de radio, ni falso brillo de pantalla; palabras voluptuosas, superpuestas, graves, aladas, escupidas, ardientes, marginadas; flecos de sentimiento, rabia, odio, amor, hambre de todo. Palabras que se bastan solas en fondo y forma, hechas a compás de tiempo, parte irrenunciable de cada modo de ser, de entender el vivir. Palabras que a veces no se dijeron en la creencia de que fueron mal fraguadas porque la palabra idónea era de color distinto al del paisaje marco. Palabras en ocasiones pronunciadas en voz baja, con semblante tímido porque no pertenecían al capítulo de la 'C' grande con la que se escribe la Cultura oficial, sino al de la 'c' chica de esa cultura básica, entrañable de andar por casa, de entendernos, de sabernos parte de un todo en este algo entre nadas que es la vida. En el trabajo de campo bastaba mostrar un mínimo interés para que al día siguiente fueran los propios informantes los que me buscaran para aportar más palabras recabadas en su entorno inmediato, que es donde se construye la lengua de los pueblos, monto que luego sirve de cimiento a las gramáticas. Atrás quedan muchas horas de charla y anotaciones con informantes anónimos cuyas voces han enriquecido este trabajo basado en el viejo sistema boca/oído en el más sencillo estilo documental. Es de desear que el resultado venza diques de reparo, evite la sustitución de nuestras palabras y forma de decirlas, que se valore el gusto expresivo, que ayude a ver en el habla un bien común, una señas más de identidad de esta tierra, que 'cae tan a trasmano', según Cela; en suma, que permita sacar nuestras palabras a oreo para que vivan viviendo, no dejarlas lamentablemente ocultas en la duda, la vergüenza o la prohibición. A menudo sentimos decir, incluso a docentes, que 'fulanito habla mal' porque pronuncia así o asao esto o aquello. La lengua es algo vivo, en movimiento y desarrollo continuos. Cada pueblo no sólo acumula todo un río cultural cuya fuente mana desde su pasado, con frutos, en este caso, de palabras y su forma de expresarlas, sino que está en posesión de su derecho de hacerlo. La labor del estudioso debe ser la de constatar el fenómeno y elevar la anécdota a rango de categoría, pero nunca castrarlo, sino dejarlo por su cauce. En este trabajo, tal como ha llegado cada palabra y su significado así se ha transcrito al papel, reseñando a veces su pronunciación figurada. De este modo se han recogido las miles de palabras que contienen las páginas que siguen en sus entornos, contextos y tiempos verbales. Las memorias aportaron material según edades y formaciones: a más años y más aislado socialmente, más riqueza y novedad de vocabulario, lo mismo que a menor edad y a nivel bachillerato o universitario. El resto de los estratos, diría, la zona media, dieron poco material. La alejanza del roce frecuente con el pueblo podría ser la clave del despego o del olvido. Una vez dado el paso de las memorias, vino el de las encuestas a núcleos aglutinadores en los que surgían personas que daban con cinco o seis palabras una vuelta más a la llave de las entendederas, cuyos escenarios podían ser lo mismo un puesto de churros que una asfixiante cola para arreglar los papeles. Las aportaciones durante siglos de las diferentes culturas que por aquí pasaron, la trashumancia, los puertos de mar de la provincia abiertos a todas las lenguas desde la antigüedad, la apertura por la campiña, la frontera portuguesa, la influencia inglesa con las minas —fútbol, babi, moni, chipichanga, fly—, o la aportación gala, fueron depositando palabras en nuestro fondo cultural, muchas de las cuales siguen aquí igual que las más afianzadas figuran ya en diccionarios y enciclopedias, y que si aparecen incluidas en este Diccionario es porque han sido comunicadas dentro de un contexto de conversación cuyos giros las arropan con más calor de cocina que frío de ficheros; ficheros, por cierto, que no existirían ni se enriquecerían si no se siguiese investigando en la entraña popular, rural, artesanal: ámbitos etnográficos insustituibles para el cultivo de la palabra: expresión primaria de la vida simple. La intención, en suma, ha sido la de acercarse lo más posible al cómo se dice, con sus contracciones y giros, sin restarles aroma. Poco hablador, paciente escucha, puede que las voces me hayan regalado cuanto aquí viene en la confianza de que buscaría el modo de transmitirlo a otros para que no se perdiera del todo. Es por lo que me siento un mediador, un escriba andariego de palabras de andar por casa.

Rasgos
En un intento por trazar un escueto perfil filológico del habla de Huelva y provincia, caben destacar estas características:
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Frecuente sustitución de la 'h' por la 'j': jacha por hacha, que, al pronunciarla, queda en 'h' aspirada. Un dicho de Alosno lo expresa: Quien no diga jacha, jigo y jiguera no es de mi tierra.
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Las terminaciones —ado/a —ido/a del participio se solventan con —ao/a —ío/a: cansao por cansado, aburrío por aburrido:
El que pase por la Peña
y a la Peña no ha subío
no sabe lo que ha dejao,
ni sabe lo que ha perdío.
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Cambio de la 'c' y la 'z' por la 's' cuando precede a vocal: sagal por zagal; ensima por encima, serdo por cerdo. El seseo se da en el Andévalo; el ceceo es más de la costa.
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Con la 's' se juega abundantemente, según vaya a principio o a final de palabra, antes de vocal o de consonante; se suprime, se suaviza, se disimula, se aspira: máh por más; se sustituye: zereno por sereno. La 's' del plural se pierde, distinguiéndolo del singular por el sentido de la frase y una ligera 'h' final aspirada: lah casah por las casas. Para estos casos he evitado la grafía de la pronunciación figurada; sería una repetición cansina a cada línea escribir: ahcuah por ascuas, almejah por almejas. Basta saber que si se escribe espasmo, se pronuncia aproximadamente ehpahmo, o que pueblos suena a puebloh. En general, todos los plurales se aspiran. Si el sustantivo tras el artículo comienza por vocal, la aspiración es más fuerte: lah jonse por las once, o se recupera y se dice: lasonse. También se va la 's' interior: tocahte por tocaste; comihte por comiste.
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Se observa en ciertos casos la ausencia de la preposición 'de': golpe viento por golpe de viento, cuarto baño, cuerpo casa, el novio la niña.
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Se suele perder la 'd' intervocálica en la última sílaba, o bien se pronuncia de forma relajada: ganao por ganado; querío por querído, nevá por nevada; rociá por rociada, vía por vida. En posición final la 'd' se va totalmente: alú por alud.
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La 'll' se hace muy líquida en todo el Andévalo, dando sensación de que se dice camilia en vez de camilla. Existe una clara distinción entre las palatales 'll' e 'y' en el Andévalo y la costa, que, exceptuando Lepe, son yeístas. Dice Hidalgo que para 'los exploradores del Atlas Lingüístico de la Península Ibérica fue una sorpresa encontrar en 1933, en una zona tan meridional como el Andévalo, un enclave de rigurosa distinción de elle—ye: se calló, del verbo callar; se cayó, del verbo caer. Ya en 1845, el geógrafo don Pascual Madoz, en su Diccionario Geográfico, al hacer notar el carácter arcaizante de las gentes y de las costumbres del Andévalo, destaca su pronunciación pura castellana, en términos que en El Cerro y en Calañas se habla con tanta corrección como en el reino de Toledo [...] Las arcaicas elles andevaleñas, esas elles del dictado purista que para sus discursos quisieran muchos académicos de la Real de la Lengua, las derrochan los alosneros en su decir más ocasional. Elles del habla popular que sorprenden al observador que las escucha entremezcladas en el habla ceceosa de Lepe. Junto a la raya de Portugal, en Sanlúcar de Guadiana y El Granado, en la pronunciación nítidamente seseante de Paymogo, permanecen las elles norteñas, arrinconadas y escondidas, como si se tratara de un olvidado alijo de contrabando. Este conservadurismo aguijonea el interrogante de cual haya podido ser la repoblación de estas tierras en la Edad Media, e incluso de qué lejanas causas de sustrato —se pregunta Joan Corominas— hayan podido intervenir en la peculiaridad lingüística de esta comarca. Tierras encuadradas en los usos del andaluz occidental, se encuentran limitadas por la barrera lingüística del portugués y la dialectal del extremeño. Aunque préstamos y rasgos de allende las fronteras están presentes en nuestros pueblos y aldeas, cuyos hablantes guardan en sus formas más arraigadas algunos matices que resultan extraños a oyentes andaluces de una zona menos occidental. Todavía hoy, cuando algún conservador campesino recuerda, en días no lejanos, el trasiego de gentes y ganado de fronteras acá, describe un panorama de cuadrillas de segadores de Portugal recorriendo los pueblos de la comarca y faenando en el momento de la cosecha. En su memoria quedan las escenas de pastores portugueses trashumantes que se acogían al anochecer al candelorio de alguna choza. Recogido el ganado en el abrevadero comunal de una rijerta, de largo camino de a pie, se seguía al amanecer en busca de pastos o de mercados. Este recuerdo no es sino el final de lo que hubo de ser el arraigo de una participación comunitaria en las labores faeneras del pegujal. La abundancia de inmigrantes portugueses salta a la vista en el crecido número de familias que recogen el origen portugués de algún antepasado cercano, en la profusión de apellidos portugueses salpicados por la onomástica de oda la comarca o incluso en el nombre de algún punto de nuestra toponimia. A este cruce tradicional de las orillas del Guadiana y el Chanza, se acumularía la comunicación con las tierras extremeñas, obligada vía de penetración de los rasgos y palabras de origen leonés, que caracterizan el habla de este rincón onubense'
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La 'r' se convierte a veces en 'n' ante otra 'n': canne, por carne, Fennando por Fernando; o en 'l': pinales por pinares; si es 'r' final se va y queda la palabra acentuada como aguda: mejó (a veces mejón) por mejor; peó por peor, Gaspá por Gaspar.
Desde que te vi vení
con la chimenea al hombro,
me puse más amarillo
que el pilón de una romana.
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Se aprecian otros tipos de cambios: Verbales, debidos a prótesis vocálicas como asoplar, arrebañar. Silábicos, como emprestar. Consonánticos, como desagerar. Por sustitución de prefijos, como endelgazar. Por adición de sonidos: inrritación por irritación, que altera la estructura formal de la palabra por un error de prefijación usado para reforzar la intención que quiere darse al vocablo: escolizarse por colarse. Por ensordecimiento de consonante: faldiquera en lugar de faltriquera.
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Van también las formas apocopadas de preposiciones y adverbios, por ejemplo: Eso no está pa na; o cuando la siguiente palabra empieza por vocal: vamos p'alante; o el uso de metonímias, aunque más generalizadas a nivel nacional, como pedir cierto calzado en el comercio utilizando la marca Bamba, en sustitución de su nombre genérico: babucha o zapatilla.
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Hay palabras que no proceden de cambios fonéticos, pérdidas o sustituciones, sino que son arcaísmos en desuso conservados en la memoria y sacados a la luz por el pueblo en el habla diaria. Así se encuentran palabras con un significado añadido por semejanza de contenido global, o por cambio de sentido, volviéndolo negativo o despectivo, por ejemplo: alfayate: sastre u oficio de ingenio y destreza. En el Andévalo (ej. de V. Castillejos), alfayate es un tío listo que sirve pa to pero que no es especialista en na, ni siquiera remata bien lo que hace.
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También salen palabras nuevas del pueblo a partir de vocablos en uso: de colarse delante de otro en una fila, aparece escolizarse con un significado aparentemente igual pero con la connotación de realizar este paso de forma socarrona, con disimulo; o emberrenchinao, procedente de berrinche, donde el cambio posicional de la sílaba —rre—, adición del prefijo en— y sufijo —ando da más fuerza al vocablo y llega a significar encoraginao furiosamente.
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Después andan por medio los golpes de cada pueblo, que no son chistes, sino ocurrencias al instante para hacerle un quiebro al toro de la vida y hasta al de la muerte: tan célebres como tristes han sido algunos velatorios, de cuyos frutos palabreros este libro también se nutre. Los golpes son tan celebrados que se cuenta del padre que le espetó a la hija: Tu novio es muy feo, pero tiene buenos golpes.
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Existe un cierto regusto cuando las palabras son cantadas —fandangos y seguidillas: nombradas como sevillanas por extensión— en jugar con diferentes tiempos de verbo.
Ya me voy, me voy yendo,
que sin irme ya me fui,
si no me fuera me iría
sólo por irme de ti.
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Llama la atención el uso de diminutivos. Si se quiere una cerveza se le pide al camarero que eche o ponga una cervecita, como si se quisiera evitar beber una cerveza entera. Y si se trata de media ración de algo, como si con el diminutivo costara menos, será media racioncita. Si se está pachucho, es algo malillo; si se notó mejoría, mejorcito. Caro Baroja recoge en El Cerro una canción en 1949, que reúne tres ejemplos en sus cuatro versos:
Con los mineritos, madre,
poquita conversación,
porque suelen alabarse
de cositas que no son.
En general, el habla de Huelva es clara, dulce, suave, bien acentuada, con cierta parsimonia y saboreo en la pronunciación, sin embarullamiento, aunque esporádicamente, a nivel personal, se varíen de postura fonemas dentro de la palabra: Grabié por Gabriel.
Sólo he señalado las pronunciaciones figuradas de algunas palabras; como se verá, la tarea lleva carácter documental, es decir, recoge palabras y lo que significan, prescindiendo de matices cuyo estudio es terreno más propio de la fonética. Las palabras vienen escritas tal cual fueron dichas, indicando las variaciones sentidas en diversos pueblos. Las mayúsculas que figuran entre paréntesis corresponden a aquel en el que se registró la palabra, no el de su paternidad. Cuando no aparece localización es que su uso es generalizado. En ocasiones se indica sólo la comarca: Sierra, Condado, Andévalo, Costa. Sería imposible adscribir un vocablo en exclusiva a un pueblo, aunque es cierto que algunos arraigan más en la forma de expresión de éste o aquél, en la formación de las frases, en la comodidad al decirlo.
Una cuestión más. Se podría pensar que el volumen alto que se aprecia en las viejas tabernas de los pueblos costeros impide la comunicación entre los que las frecuentan, pero no es así, sino que es su forma de mantener una charla fluida, aunque le chirríe el oído al que llega de nuevas intentando que el del mostrador le ponga una bebida con tapa. La respuesta a tanto grito se obtiene en cualquiera de ellas. En Isla Cristina hay una de esquina, frente a la Lonja, que luce el nombre de El Marinero. La regenta Manuel en la cocina y sus hijos le ayudan en el mostrador. Dicho de paso, Manuel tiene el secreto de hacer un exquisito atún en salsa, que ya hacía cuando salía a la mar, plato que puede degustarse aunque parezca que él no escucha la petición. A la pregunta de por qué se grita sin compasión en aquella y en otras tabernas cercanas, él dice que «tiene su lógica. Los que entran aquí son todos marineros. Durante los días de faena en el barco, sea por el ruido de los motores o por el de la mar, sólo pueden hablarse dando voces, y al llegar a tierra es como si ya no supieran bajar el tono para decir las cosas. Lo mismo les pasa aquí que en su casa»

El lenguaje del gesto
Según Esaías Tegnér, el Joven, 'no podemos sostener que la lengua hubiese estado unida a los sonidos desde el principio. Los gestos debieron desempeñar entonces un papel tan importante como estos' Y en relación con el gesto que va a la par de las palabras, esa manera de hablar con las manos, los ojos, la sonrisa, que tanto más dice a veces, vale un párrafo del Manual para viajeros por España, de Richard Ford, que escribe en 1831 que 'en Andalucía, donde la agitación corporal corre pareja con la imaginación [...] para hablar bien es necesario ser algo mímico además de lingüista. Hay que tener ágiles el ojo, el oído, y equiparar la acción con la palabra. Nada más lejos de una Naturaleza muerta; aunque se trate de una pantomima, no es, en absoluto, un diálogo de sordos. La gesticulación es la válvula de seguridad de la energía abundante y acalorada del Sur. La discusión más amigable puede parecer una lucha a muerte, si la comparamos con la flema con que se debaten en Inglaterra los asuntos más importantes. Hay más jaleo en un pesquero español que en un buque de guerra inglés. Los españoles se dan cuenta de ello y dicen que tres mujeres con dos gansos, forman un mercado entero. El viajero debiera considerar que sus ojos, sus brazos y sus dedos constituyen parte del lenguaje, ya que si no se sirve de ellos, nadie le tomará en serio' Algunas de estas palabras de andar por casa las recogen los diccionarios al uso con acepción similar o diferente; aquí traen aún pegado el aire propio del pueblo en el que fueron recogidas. Transcritas, copiadas como fueron sentidas, llevan, parejo a su significado, una explicación complementaria, a veces, cantada, porque, como señalaba Demócrito, las palabras no son más que las sombras de los actos. En cuanto al trabajo de componer este libro sólo hay que decir que el esfuerzo ha sido paralelo al gozo. Sí he pensado, al observar cómo 'se pasa la vida tan callando' y se lleva consigo en cada generación que desaparece tanta riqueza creada a través de los siglos, riqueza trabajosa en ganar, medrosa en poseer, llorosa en dejar, como dice el maestro Correas, que si el habla es algo vivo y sus depositarios dan fe de su vitalidad, los cosechadores de palabras quizás seamos el exponente del temor a la pérdida de tamaño tesoro.
© Manuel Garrido Palacios (Academia Norteamericana de la Lengua Española de Nueva York)
Hidalgo Caballero, Manuel. De la "ll" del Andévalo a la del Aljarafe / Manuel Hidalgo Caballero. . Sevilla : [s.n.], 1974.
- Hidalgo Caballero, Manuel. Pervivencia actual de la "ll" en el "suroeste de España" / Manuel Hidalgo Caballero. . Madrid : [ s.n], 1979.
El investigador Manuel Garrido Palacios antes de fin de año publicará la segunda edición de: Diccionario de palabras de andar por casa (Huelva y provincia). Aprovechando este feliz alumbramiento, fruto sin duda de un laborioso y sensible proceso de escucha, interpretación y selección, os presentamos estas palabras del autor que sirven como introducción a dicha obra, disponible en librerías desde agosto de 2006 y que supone una oportunidad para que muchos andaluces (no sólo onubenses) puedan reencontrarse con su habla cotidiana.
Título: DICCIONARIO DE PALABRAS DE ANDAR POR CASA
(Huelva y provincia) • Autor: Manuel Garrido Palacios
ISBN: 84-96458-22-1
PVP: 36 €
Al consultar este Diccionario de palabras de andar por casa, la primera consideración que se lo ofrece al lector es la ingente variedad léxica de la lengua española. Uno de los últimos y cada vez más escasos dialectólogos, el maestro Manuel Alvar, al referirse a esta riqueza de manifestaciones dialectales la calificaba como difereciación y a su localización, estructuración, estudio y magisterio orientó en gran medida su investigación. De ahí que al encontrarnos con trabajos como el presente, quienes nos formamos en sus enseñanzas sintamos la satisfación de comprobar que el interés por el estudio de las hablas populares sigue inquietando a algunos de nuestros filólogos.
Mariano de Andrés Gutiérrez
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