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José Nogales Imprimir E-Mail
Escrito por Juan Duque   
Wednesday, 15 de August de 2007

José Nogales

 

vida y obra 

 

José Nogales es el nombre del colegio donde estudié, primero en El Santo, con ese terraplén donde no se cómo jugábamos al futbol y después en Santa Ana durante un año, mientras terminaban el Colegio de Triana que tuvimos la suerte de estrenar. Mi maestro D. Manuel Villadeamigo Blas, con su R6 blanco, al que desde aquí mando un saludo afectuoso, al igual que a todos mis compañeros...Cuántos recuerdos...


 

José Nogales, como todos sabemos nació en Valverde porque sus padres, de Aracena, estaban trabajando aquí, por eso él siempre se consideró de la sierra. Durante el franquismo su obra se quiso utilizar para el buen provecho del régimen, sin embargo él siempre puso su pluma al servicio del más débil.

 

He hecho un mero ejercicio de copiar y pegar de una selección de lo que he podido encontrar en internet sobre él, sé que es muy extenso pero seguro que va a ser instructivo para quien quiera adentrarse en la obra de este valverdeño. Incluyo la obra: "El Rocio", donde nos hace un retrato de la romería que seguro hace las delicias de mi amigo Alfonso y de todos los rocieros, varios artículos, una biografía realizada por Francisco Arias y una, muy recomendable, tesis de Ángel Manuel Rodriguez: "José Nogales. Biografía crítica y problemática literaria", que pueden descargar en formato PDF, he creido más conveniente ponerla así dado lo extensa que es. No tengo mucho tiempo ahora pero ya lo iremos ampliando más adelante y por supuesto espero vuestra colaboración

Pasen y disfruten.

 

Juan Duque

 


Pulsen sobre portada para leer carta: "El Rocío"

 

José nogales

(El Rocío. Cartas Literarias, Facsímil de la edición de Sevilla, Imprenta F. P. Díaz, Gavidia 6, 1900. Biblioteca de la Diputación de Huelva).  
Pulse aquí para descargar tesis en formato PDF "José Nogales. Biografía crítica y problemática literaria" 
de Ángel Manuel Rodriguez Castillo
Muy recomendable   
Breve biografía de Francisco Arias Solis:
JOSE NOGALES
(1860-1908)

“¡Valiente soldado del Arte,
adiós, que luego nos veremos!...
También nosotros pronto iremos
con nuestra música a otra parte.”
Manuel Machado. A José Nogales.



LA VOZ DEL PERIODISMO MODERNO

José Nogales tenía sentido periodístico. Para un escritor tener sentido periodístico, en estricto sentido, es tener sentido del tiempo; del tiempo que vive y del tiempo en que vive (esto es, del tiempo suyo y del tiempo de los demás; del tiempo de todos y de su tiempo propio).

 

José Nogales Nogales nace en Valverde del Camino, provincia de Huelva, el 21 de octubre de 1860. Sin embargo, él se consideraba natural de Aracena. Su padre era notario. En Aracena estudia las primeras letras y marcha a Sevilla a estudiar Bachillerato. Allí comienza la carrera de Leyes. Nogales compaginaría sus estudios con el trabajo en los semanarios El Látigo y El Pensamiento Moderno. Antes de terminar la carrera, Nogales se marcha con unos amigos a Marruecos, en un navío contrabandista. “Fui a Marruecos a pasar unas semanas –nos cuenta Nogales- y pasé algunos años”.

En unión de un industrial inglés, Trinidad G. Absines, Nogales funda, dirige y realiza, prácticamente en solitario, casi dos años, el que fue el primer periódico de Marruecos, Al-mogreb Alaksa (El Lejano Occidente). Este periódico semanal siguió viviendo hasta bien entrado el siglo XX, en que se transformó en el Tangier Gazette.

Nogales inicia en el periódico marroquí una campaña contra la venta de esclavos que se practicaba en las plazas públicas. Es tanta la insistencia del periodista onubense, que los representantes europeos formularon ante su majestad xerifiana, una enérgica protesta por estos espectáculos de lesa humanidad, consiguiendo que la esclavitud fuese abolida. El Gobierno portugués condecoró a Nogales por esta campaña de humanidad y justicia.

En 1844 Nogales vuelve a España. Termina la carrera de Leyes y se establece en Huelva donde ejerce como abogado.

Desde el diario la Coalición Republicana emprende una campaña contra los métodos de explotación de la Compañía de Río Tinto, cuyo procedimiento de calcinación de las piritas producía unos humos que asolaban, poco a poco, todos los terrenos agrícolas sobre los que se posaban. Nogales consigue que la Compañía modifique sus sistemas y que abone las indemnizaciones a los perjudicados.

En los años finales de siglo José Nogales es secretario del Ayuntamiento de Niebla, bibliotecario de la Diputación Provincial de Huelva, se casa, y se dedica reposadamente a escribir. Aparecen sus primeros libros Mosaico, Leyendas y tradiciones de la Sierra y Nuevas cartas del Caballero de la Tenaza.

Las calidades literarias de Nogales se muestran en toda su belleza en los cuentos, artículos y relatos cortos. Las tres cosas del tío Juan es su cuento más conocido. Funda y dirige la edición sevillana de El Liberal. De allí pasa a la redacción del de Madrid, donde ya vivió prácticamente sin interrupción. Publica dos novelas de costumbres andaluzas: Mariquita León y El último patriota.

El escritor describe en Mariquita León un pueblo corrompido por la tiranía y falta de honradez de tres caciques que intentan aniquilar el poder de la protagonista, rica terrateniente llegada a la cumbre de la jerarquía aldeana por medios honrados. Nogales alude a la corrupción del sistema electoral. Los caciques presionan a los aldeanos para que voten a favor del candidato que les designan.

En escritos de su madurez encontramos estas pinceladas sobre la dramática situación de los jornaleros en Andalucía. “El pueblo, la masa trabajadora –escribe Nogales- va despertando en fuerza de latigazos y merced a extrañas direcciones. El concepto de la propiedad es allí absolutamente feudal. Los hombres son para la tierra, no la tierra para los hombres. Y esta antigua concepción del derecho, que aún nos dan en las Universidades, donde se estudia más derecho romano que derecho español, hace que el jornalero se le considere como un apero de labranza a la entera disposición del señor de la tierra, no como un colaborador de imprescindible necesidad. El jornal supone la cantidad mínima suficiente para la sustentación del jornalero. La diferencia, entre el antiguo esclavo y el moderno jornalero consiste en que para el esclavo se señalaba la cantidad máxima de alimentación, toda ella en especie: al jornalero la mínima, y se le suele suministrar en especie y dinero”.

A los 47 años, Nogales pierde la vista, por una doble catarata , poco después el 7 de diciembre de 1908, muere José Nogales en su casa de Santa Engracia en Madrid. Manuel Machad nos dejó estos versos: “En la hora mala / de tu partida, compañero, / nos peguntamos unos a otros / cuando nos tocará a nosotros...”

Francisco Arias Solis 

 


José Nogales

Alma Andaluza

La breve impresión que me han encomendado, y que daré en este artículo, no es de las fáciles y llanamente hacederas; en estricta conciencia, acaso se podría decir que es de las que tocan en lo imposible. Y allá va la razón. Dentro de la porción geográfica que llamamos Andalucía, hay verdaderos extremos diferenciales, así en el medio físico como en aquellos elementos que atañen a lo étnico. Estos diversos extremos diferenciales tienen mayor afinidad con otros lejanos, extraños a la región, que unos con otros entre sí.

Y de esta complejidad se derivan tantos aspectos y tales dificultades en la observación, que la síntesis reclamada no podría obtenerse. Habría que dar mayor espacio al estudio y ponerlo al amparo de un título así: Almas andaluzas.

Un rincón de Andalucía, por J. Moreno Carbonero
Un rincón de Andalucía, por J. Moreno Carbonero.

«Con efecto»: entre un pedazo de tierra llana de la campiña de Jerez o de Carmona y otro pedazo de la serranía de Ronda, de Sierra Morena, de Sierra de Andévalo, por ejemplo, hay menos puntos de concordancia que puede haber entre regiones apartadas y distantes. Las mismas diferencias existen en el carácter, en el lenguaje, en las formas de expresar y de sentir, en la noción de la vida, en sus relaciones ordinarias, en los gustos, en el aspecto, en el modo de ver las cosas de los hombres nacidos con la parte de alma comarcana que a cada uno de ellos corresponde.

Así, que en esta dificultad de todos comprendida, cumpliré mi encargo diciendo algo de Alma andaluza, sobreentendiéndose por tal, la que palpita en la Andalucía más conocida, en la campiña más pintada descrita, en los pueblos de la tierra llana más típicos en su meridionalismo. Hablaré, pues, de la Andalucía ilustrada en las panderetas.

Lo primero que se ofrece allí es una profunda y trascendental contradicción entre el medio y el alma. El medio convida a la acción –ya no existe la leyenda de los climas enervadores–. La tierra, el aire, el sol, el clima, la fuerza germinal que de todo eso se desprende, incita al disfrute poderoso de la riqueza y de la vida. El alma contiene los impulsos de esa arrogante posesión –si los hubiera– y se amodorra en la inercia, en la quietud, en un desaliento heredado, en un desencanto sin explicación, en una total desconfianza a todo y a todos, que trae consigo el desdén hacia el colectivo esfuerzo porque se ha perdido la fe en el esfuerzo individual.

Las quejas de otras regiones activas, en su mayor parte justas, contra las codicias y la rapacidad del fisco, y las trabas absurdas de una administración rutinaria, montada en resortes tan viejos como los que mantenían el sistema inquisitivo en materia penal, son bien acogidas allí, temo que más como justificantes de la propia inercia, que como anhelo del propio vivir. ¡No hay posibilidad de crear nada, de perfeccionar nada; la agricultura, la industria y el comercio mueren ahogados en la balumba de impuestos, arbitrios, socaliñas, trabas y obstáculos que el Estado impone y opone al desarrollo de la actividad! Esto dicen, y en general no les falta razón, porque es mal que toda la nación padece.

Pero, a despecho de esos obstáculos y de ese clamor, llegan los extranjeros, ingleses, alemanes, franceses, belgas, y establecen industrias, acaparan los abastos de aguas, electricidad y saneamiento; montan fábricas de abonos, se apoderan de los medios de transporte, perfeccionan la fabricación de productos naturales, como el aceite, y hacen rendir su parte de riqueza a los residuos; monopolizan la exportación de frutos meridionales, como la uva y la naranja... En la importación ejercen el mismo señorío comercial, y una grande y perenne riqueza sale de aquel suelo a nutrir la bolsa de accionistas desconocidos que se comen, se beben y se fuman a Andalucía en sus rincones del Norte, por esa ley fatal que pesa sobre los débiles, los perezosos y los desconfiados.

Muy malo está el campo de los negocios, de las pobres industrias, de la paciente labor manual; pero el comercio andaluz, en su relación directa con el público, está en manos de gente castellana; la venta de especies de primera necesidad en manos de montañeses, gallegos y asturianos. Y todos viven, muchos se enriquecen, y con el dinero andaluz se compran sotos, quintas, pomaradas... en las regiones del Norte y Noroeste. Es muy justo.

El ideal del gran terrateniente es arrendar. Creo que no peco en decir que es el ideal de todo propietario. Se lidia mejor con el colono que con la tierra y, además, no hay que administrar. Hay un verdadero horror a la administración. El pueblo andaluz lleva a su último límite el absentismo –creo que se llama así.– No concibe el vivir en el campo, en el campo suyo, cultivado, vigilado, defendido, mejorado, donde la familia echa raíces como cualquier árbol, y se establecen las hondas relaciones de afecto y de ternura, de recuerdos y de esperanzas, entre el alma humana y el terrón dócil y agradecido.

Inercia, pasividad, desconfianza... son los caracteres más salientes de la raza, que imposibilitan y anulan el instinto de asociación y solidaridad. Es un individualismo al revés, porque no se asienta en la arrogante confianza de la personalidad aislada, sino en la desconfianza, en el propio esfuerzo y en el de los demás. Necesidades muy limitadas, aspiraciones muy modestas, acomodación a un medio de general humildad externa y de cierta llaneza heredada, hacen que la vida se sobrelleve sobria y valerosamente, sin extraños influjos y sin grandes aspiraciones suntuarias.

El dinero sobrante va al Banco o a la usura con «pacto de retro». Eso no hay que decirlo.

La llamada clase media es en Andalucía como en todas partes, incolora, uniforme, angustiada, desequilibrada en la sección de gastos e ingresos, buscadora del destino, de la influencia, de la merced política, y se agita, se rebulle, se zarandea en la charca del caciquismo, de la Administración de los intereses públicos, en esa terrible conquista del pan nuestro que a veces hay que alcanzarlo de las mismas nubes.

El pueblo, la masa trabajadora, va despertando en fuerza de latigazos y merced a extrañas direcciones. El concepto de la propiedad es allí absolutamente feudal. Los hombres son para la tierra, no la tierra para los hombres. Y esta antigua concepción del derecho, que aún nos dan en las Universidades, donde se estudia más derecho romano que derecho español, hace que al jornalero se le considere como un apero de labranza a la entera disposición del señor de la tierra, no como un colaborador de imprescindible necesidad. El jornal supone la cantidad mínima suficiente para la sustentación del jornalero. La diferencia, entre el antiguo esclavo y el moderno jornalero consiste en que para el esclavo se señalaba la cantidad máxima de alimentación, toda ella en especie: al jornalero la mínima, y se le suele suministrar en especie y en dinero.

La protesta aumenta de día en día; nadie hace nada por restablecer el equilibrio de la vida. Con achacar a manejos anarquistas lo que es imposición de las modernas necesidades, de las modernas nociones, de las modernas formas del vivir, dentro de un ambiente verdaderamente humano, nada se consigue. El alma de la muchedumbre desposeída, no razona, ruge.

Hay en esa Alma Andaluza, a la que no adulo porque no quiero pintar una pandereta, sino hacer una instantánea, un verdadero tesoro de fuerzas perdidas, de actividades durmientes, de inteligencia descansada, de voluntad atrofiada y pervertida. Y he aquí un fenómeno curioso. En las zonas andaluzas donde se extiende la influencia inglesa –exclusivamente inglesa–, la vida interior reacciona de un modo maravilloso. Parece otra gente.

Por Málaga, por el Campo de Gibraltar y por Huelva, van entrando los ingleses en mansa y tranquila invasión de intereses que de día en día ensanchan y afirman. Y el fenómeno por mí observado consiste en lo bien y rápidamente que se entienden y hermanan el andaluz y el inglés. A los dos días de llegar, el inglés es don Guillermo, o don Roberto, o don Jorge. Unos y otros se acomodan bien a sus maneras, y hay, andando el tiempo, deseos del entronque, rara vez desperdiciados. De ahí va saliendo el núcleo de una raza nueva y vigorosa.

El francés, el alemán, el belga, pasan sin entrar: toda la vida son forasteros. Hay algo de electricidades opuestas entre esa gente y la andaluza. Ni ellos se avienen, ni Andalucía se les entrega. Eso, jamás. ¿Qué recónditas afinidades determinan este fenómeno? No lo sé.

El andaluz tiene en oposición á los pueblos sajones y anglo–sajones un concepto individual de la vida. Esta acaba con su propio ser. «En moviéndome yo se acabó el mundo.» ¿Para qué trabajar y afanarse y buscar perfecciones que yo no he de gozar? ¿Para qué sembrar pinos y encinas que Dios sabe quiénes recogerán el fruto? Este sentimiento de la vida trae consigo un profundo horror a la muerte. Es la región de menos suicidios y de más abintestatos. Véase la estadística.

Arrastre de las razas semitas, trae el continuo hablar de lo que teme. La muerte es cantada, llorada, gemida en todas las manifestaciones de su arte popular... ¿Hay algo más sugestivo que sus vinos claros, áureos, espumosos, transparentes, de una alegría pagana e inalterable, como la serenidad del cielo helénico? Pues el vino es tristeza en cuanto se ingiere. Parece que va directamente al hígado, e inspira melancolías, duelos, negruras..., visiones de cadáveres queridos, sepulturas de hermosuras muertas, puñaladas que sangran, arrastrar de cadenas en noches carcelarias, suspiros y ansias de amores nunca correspondidos, maldiciones terribles, recuerdos de placeres perdidos y llanto de agonía... Eso vierte en la tierra la alada musa de los pueblos adormecidos.

La musa culta, la que inspiró a Herrera y Arquijo y a Góngora, sigue siendo culta antes que natural. Los poetas miran más al pasado que al porvenir. La inteligencia literaria toma caminos raros para aquel clima; generalmente los ingenios, de padres a hijos, se van solos a la erudición. Yo alabo la erudición y la pongo sobre las niñas de mis ojos: mas desde antiguo tenía la impresión desacertada de que éste era trabajo de los hombres que viven en climas duros, nebulosos, cenicientos, intratables; no de los que viven en plena luz, en plena campiña florecida, en plena Naturaleza riente, fecunda y admirable.

No censuro. Es un hecho que aplaudo, y que demuestra la contradicción que ya dije entre el medio y el alma. No hablo tampoco, en ningún sentido, de las excepciones, que antes confirman que destruyen, según el saber clásico.

Estoy abusando ya del tiempo y del espacio. Mil cosas y observaciones quedarán entre cuero y carne, que otro día saldrán en molde más amplio y sosegado. El Alma Andaluza es una gran alma dormida que sueña... No sé con qué. La despertará algún brusco contacto de la realidad y de la vida. ¿Cuándo? ¿Cómo? No sé. Pero siendo parte de otra alma grande y sintética, que no puede morir porque aún no ha realizado su destino social y humano, en el movimiento de reacción orgánica irá arrastrada a cumplir sus fines, a realizar sus funciones en busca del porvenir, en busca de adaptación al ambiente de la moderna vida y de las modernas nociones de la sociedad.

José Nogales.


 

Colegio José Nogales


 

 

DE CÓMO ACABÓ SUS DÍAS ROCINANTE

(Carta del Licenciado Pero Pérez, hallada en un archivo de la Mancha)


Mi amigo y dueño: No menos de un real de porte habrá de costarle la certinidad de lo que quiere saber, quiero decir, la noticia puntual de las postrimerías de la mejor pieza que comió pan en el mundo. No es mucho, si se atiende al suceso. Testigo fui y cronista soy dél, no más sino por servirle y halagalle, que todo se lo merece vuesa merced.

 

Enterramos al grande y valeroso caballero con pomposas exequias nunca vistas en este lugar. Su cuerpo aguarda el final Juicio en la fosa cabe el coro; su alma no sé dónde para, aunque tengo barruntos de que hallaría mejores ventas que en este valle de lágrimas.

 

Con el pan de la herencia se anegaron los duelos: "comía la sobrina, brindaba el arma y se regocijaba Sancho", que no parece sino que, pasados estos amargos trances y dejado el muerto en el cimenterio, los vivos se asen y cuelgan de la vida con tanta fuerza como si para ellos no estuviese determinado el acabar.

 

No faltaron algunas disputas que, con mediación de Dios y la nuestra, se redujeron en paz. El ama sacó salario y vestido de a veinte ducados; Antonia Quijana, su hacienda a puerta cerrada, y sus dineros a puerta abierta Sanchazo, que está como un canónigo.

 

Mas con estos cuidados de la codicia y ambición vino el descuido para Rocinante, que tres días arreo estuvo sin comer ni beber. Y aunque la costumbre luenga a la natura rehace, la soledad, desamparo, áspero ayuno, ausencia del rucio y acaso barruntos de la muerte de su amo, pusieron al sin ventura tan triste e imaginativo, que ablandada a las mismas piedras.

 

Cuando Sancho acordó y acudió con el pienso, hallóle en las últimas, a punto de boquear. Tentó la oreja y halló que la tenía fría como hocico de galgo. Repasóle de lomo y ancas, y no tentó sino punzantes huesos en todo el camino. Avisaron a maese Nicolás, quien, por ser quien era, le sangró al punto con mucha conciencia y calidad. Mas, con el remedio, quedó el doliente más mustio y descaecido.

 

Trujéronle las armas del caballero, con que se le alegró un poco la vista y dio señales de querer comer: mas no pudo pasar el primer bocado, que se le atragantó como bala de escopeta demasiado gorda para el cañón. Entonces Sancho el bueno salió al corral y comenzó a rebuznalle como que era el rucio, su amigo. Enderezó Rocinante las mortecinas orejas, de lo que imaginamos si a dicha, trayéndole el rucio verdadero, se esforzaría por vivir. Y así mesmo se hizo. ¿Quién vido jamás cosa tan lastimera? El asno, a vista de su agonizante amigo, rebuznó con grandísimo amor, y aquella notomía de caballo enlazó con su pescuezo al del rucio, como abrazándole por última vez.

 

Después de estas caricias, Rocinante se tendió de largo a largo en el suelo, con tanto reposo y gravedad como su amo, a quien no sé en qué cosas se le parecía. Nos miraba a todos, como diciendo: ¡Yo no fui loco y agora acuerdo; sino cuerdo antes y ahora y siempre!

 

Vino maese Nicolás a repetir la sangría; pero la hambre le ganó por la mano, y vimos que el noble animal tembló un poco, nos enseñó los dientes, alzó el belfo y se quedó mirando con ojos blancos y fríos, como dos pedazos de sal de piedra.

 

Llevó, como todo difunto, sus clamores: lloraron las mujeres, gimieron las vecinas -a quienes siempre es gustoso alborotar- dijo el bachiller cuatro sentencias y Sancho acudió con su ayuda de costa, con tan pulidas razones, que debieron ser traslado de las que oyera al caballero en los negros días de su locura y desatino:

 

"Libertad te da el que sin ella queda. ¡Oh, caballo, tan extremado por tus obras, cuan desdichado por tu suerte!".

 

Diéronle sepultura en el mismo corral, debajo de la oliva grande, de la que hacen la ofrenda de aceite para lámpara del coro, que arde encima de la fosa donde yace el cuerpo del Caballero. Por esto dice el Bachiller que el mejor día sale el ánima del Caballero montado en la lámpara y blandiendo un cirio.

 

De estas cosas de Rocinante no sé más que las apuntadas. Del rucio sé otras que, por si a vuesa merced no le interesan, no las pongo. No le puedo enviar ninguna prenda de las que dice, porque me ha confesado Antonia Quijana que vendió por junto, y en precio de ocho reales, todas las armas, arreos y matalotaje que sirvió a su tío y señor en sus desaforadas aventuras. Tan mohína y empachada la tenían estos trebejos.

 

Dios premie a vuestra merced, y a mí no me olvide. Besó las manos de vuestra merced.-Pero Pérez



Por la busca y captura,

José Nogales





DE QUÉ Y CÓMO MURIÓ EL ASNO DE SANCHO PANZA

(Carta del Bachiller Sansón Carrasco a Fray Damián Cornejo, maestro en Salamanca)

Vuestra Paternidad, señor mío, quiere hacer lo que Moisés: sacar agua de una roca pelada. Tal es mi cabeza al cabo de los años que anda puesta al sol y a los aires de la Mancha. No sé tampoco si dará lumbre: que agua y lumbre allá se van por lo milagrosas, si de mí se han de sacar.

 

De la familia de los Panzas no ha fenecido ninguno, salvo el rucio, y no por falta de refranes, que bien aprendidos los tendría, pues "no con quien naces, sino con quien paces", y haré saber a vuestra reverencia que Sancho está derrengado de puro dolor y pesadumbre, Teresa no halla consuelo en el mundo, y Sanchica, aunque casada y con hijos, dice que ahora se percató de que quería más al asno que a su marido, cosa que a nadie espanta por no ser mucha la diferencia. Tal fue el golpe para ellos.

 

Así como a los difuntos humanos se les rezan paternoster y avemarías a montones, a este difunto sin ánima le han rezado no sé cuántos jarros de vino cada día; que la mitad de la hacienda fuese en estas exequias y consolaciones. Teresa la gobernadora dice que no hay otro tal boticario como el vino y a Sancho se le van los ojos tras de la corambre en sus buenos y en sus malos días.

 

Aunque viejo, está Sancho muy en su punto de gordura, gravedad y coram vobis. Los sábados se afeita y mejora las barbazas en el "yelmo de Mambrino", que para este menester to trujo y mandó aderezar: Los domingos se honra con un sayo verde de cazador, y se pone una montera, que parece un preste. Y si no ha pedido ya silla en el coro y sitial en cabildo es porque no le den de retorno con su villanería en las narices.

Los días de Carnestolendas hay que oír a las dos Panzas, Teresa y Sanchica. Nunca vi tales despachaderas ni tal atanor de desvergüenzas. Todo porque los mozos hacen estación frente a casa de Sancho y mantean un perro que da gozo verle hacer tan lindas cabriolas.

 

El lance que Vuestra Reverencia quiere saber, ocurrió de esta manera: un sábado de los de afeite, mandó Sancho a Teresa fuese al molino por su costal, que el viento era de moler. Fue Teresa con su rucio, y llegó a tiempo que dos molineros se querían matar, el uno con una estaca y el otro con la tranca de la muela. Teresa, que vido esta escaramuza, como mujer prudente, metió el asno en el molino, y luego salió clamando favor al Rey.

 

Llegaron otros molineros y unos pastores, los cuales mediaron, mas no vinieron las paces tan prontas que el rucio no embaulase más celemines de trigo de lo que era menester. De más de esto, se empancinó de agua en la fuente del lagar, bebiendo como beata en Cuaresma.

 

Otro día, domingo, vino farándula para hacer un Auto: hiciéronlo en la plaza, con chirimías, bombardas y baile nuevo que no había más que ver. El autor era un gitano viejo con pelos de estopa, que luego supimos era el famoso Ginés de Pasamonte, el cual, llegándose a Sancho, que estaba embobado, le dijo: "¿Cómo va, Sancho amigo? ¿Sigue la señora Teresa platicando con su jarrillo desbocado? ¿Qué fue del rucio, el más dócil y ligero animal que voló por la campaña?"

 

A Sancho se le nublaron los ojos y le temblaron las pantorrillas, conociendo al pícaro. Y se le asentó que por el rucio venía toda aquella tropa y que cautivo y sin rescate lo había de ver, aunque tuvieran que sacárselo otra vez de entre las piernas, como al caballo de Suripante. Y con estas imaginaciones corrió a su casa, que halló cerrada y al asno por dueño y señor della; quien por no saber qué hacer hizo brecha en el costal de la harina, y tal se puso, que se dejó caer con la panza tan insolente y empandaretada que, sin esfuerzo, pudiera servir de atambor a la farándula.

 

Llamó Sancho a su vecino y compadre Tomé Cecial, hombre entendido: y entrambos determinaron los remedios, aunque el compadre decía que asno reventado no hace camino. Así fue, porque reventado estaba el más grande y famoso asno del mundo. Murió honradamente con la boca en el costal.

 

Afligióse el corazón de Sancho, y comenzó a hacer el más triste y doloroso llanto que se oyó en el lugar: "¡Oh, hijo de mis entrañas, nacido en mi mesma casa, brinco de mis hijos, regalo de mi mujer, envidia de mis vecinos, alivio de mis carnes, y finalmente, sustentador de la mitad de mi persona, porque con veinte y seis maravedís que ganabas cada día, mediaba yo mi despensa!"

 

Llegaron Teresa y Sanchica, y ahí fue el redoblar la endecha con tanto moco y donaire. "¡Como has muerto, mi vida; siempre en tus cabales"! No te dejaste hincar de las hambres, ni te llevó la miseria, ¡Oh, hijo, muerto has como un canónigo; dígalo el costal que está siendo tu cabecera!" Sancho no quiso que arrastrasen al difunto hacia lugar más aparente al caso, antes para honrarlo con mortaja, sacó de la arca cierto ropón con llamas pintadas y una gentil coroza con que adornó al rucio, segunda vez, como si fuese penitenciado.

 

Los mozos han costumbre de tañer un grandísimo pandero a modo de adufe morisco la noche de Natividad, y por haber rompido el que tenían, determinaron de hacer otro con el pellejo de la primera bestia que muriese, si estaba en sanidad. Y al punto acudieron por el rucio, con tanto ahínco y muchedumbre, que Sancho hubo de darlo con lágrimas como puños, temeroso de cualquier desaguisado.

 

Y es el caso que aquel mesmo día en que Sancho quería hacer el entierro de la carne monda, paró en el llano de las eras un carro de mulas con dos banderas pregoneras de que dentro iba hacienda de Su Majestad. Iban en el carro dos leones, y el leonero pidió por justicia la carne mortecina que hubiera en el lugar, y de no, que le proveyesen de otra, como cosa tocante al Rey y a su servicio. Vido Sancho que le quitaban la carne pecadora de entre las manos para matar la hambre de los leones, y mesándose las barbas, voceó: "¡Oh, si agora estuviésedes aquí, vivo y sano para tomarte con esos leones carniceros que se comen mi vida!" ¡No hallarías requesones en tu celada, sino ansias de mi corazón, para que cada bocado les saliese por una herida, y por cada mordiscón recibiesen mil muertes! ¡No sino que he de pasar la vida lleno de sustos por tantos leones como llevan a Su Majestad, que sin duda hará casta dellos, pensando yo en cómo mantenellos cual si fuesen parientes o se les debiera el diezmo!"

 

Yo le consolé diciendo que no todos los asnos que hay en la república pueden ir a la corte y hacer acatamiento, siendo tan bien recibidos como lo sería el rucio. Y que para sepultura no hay nada como un león, que es el rey de la selva y anda en los Evangelios.

 

Así, no ha quedado por acá más que el pellejo acomodado en la forma en instrumento que ya dije y cada vez que tañen en él se le encona la llaga a todo el linaje, y no hay sino echar refranes a espuertas, suspiros a destajo y jarrillos a manta, como si hubiere muerto algún ordenado con capellanía que dél comiesen y holgasen.

 

Este fin tuvo la donosa bestezuela que vido maravillas. Dios alargue el de sus amos, y el mío si me conviene. Y viva mil años vuestra paternidad para regocijo de las alegres musas y grave decoro de la sciencia.-El bachiller Sansón Carrasco.



Por el hallazgo y la copia

José Nogales

 

 
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