El elenco deslumbra en Julio Cesar de Haendel

El Teatro Real recuperó el pasado 19 de febrero una versión de concierto de Giulio Cesare de Händel que situó la partitura en clave contemporánea: un espectáculo que, sin dramatización escénica, puso el foco en la expresión vocal y el pulso orquestal. La propuesta, liderada por Il Pomo d’Oro y dirigida por Francesco Corti, muestra por qué esta ópera de 1724 sigue siendo terreno fértil para relecturas hoy.

Estrenada hace justo 302 años, Giulio Cesare es a menudo descrita como la cumbre del Händel operístico: una pieza donde la arquitectura del dramma per musica se abre para dejar salir personajes psicológicamente complejos. Lejos de ser una mera sucesión de arias virtuosas, la obra despliega una orquestación rica y una capacidad para transformar repetición en significado dramático.

En esta función madrileña, la orquesta dirigió la narración con claridad y tensión. Bajo la batuta de Francesco Corti, los recitativos avanzaron con agilidad y las líneas instrumentales —especialmente trompa, violín y flauta— ofrecieron respuestas que condicionaron el fraseo vocal, más que adornarlo.

  • Fecha y lugar: 19 de febrero de 2026, Teatro Real (Madrid).
  • Conjunto: Il Pomo d’Oro.
  • Dirección musical: Francesco Corti.
  • Reparto principal: Jakub Józef Orlinski (Giulio Cesare), Sabine Devieilhe (Cleopatra), Beth Taylor (Cornelia), Rebecca Leggett (Sesto), Yuriy Mynenko (Tolomeo), Alex Rosen (Achilla), Marco Saccardin (Curio), Rémy Brès-Feuillet (Nireno).

Barroco con pulso moderno

La Cleopatra de Sabine Devieilhe fue uno de los testimonios más notables de la noche: control del fiato, matices precisos y una lectura que sabe cuándo detenerse para dejar hablar la emoción. En arias íntimas, su canto generó una sensación de suspensión que captó la atención del público sin estridencias.

Frente a ella, Jakub Józef Orlinski exhibió su conocida presencia y una agilidad técnica destacada en las coloraturas. Sin embargo, su timbre —más incisivo que voluminoso— planteó la discusión sobre si ese perfil es el más adecuado para un César que históricamente ha exigido también cierta masa vocal.

El resto del elenco sostuvo el equilibrio dramático: la Cornelia de Beth Taylor mostró una nobleza melancólica que, en momentos puntuales, rozó la intensidad excesiva; Yuriy Mynenko ofreció un Tolomeo cortante y bien delineado; Rebecca Leggett aportó fraseo vivo en Sesto; Alex Rosen planteó a Achilla con presencia y firmeza; Rémy Brès-Feuillet y Marco Saccardin completaron el cuadro con aportes de color y autoridad.

Musicalmente, la velada prefirió la claridad y la elegancia por encima del dramatismo crudo. Esa opción estilística gobernó tanto la dirección orquestal como las decisiones de los solistas, y convierte la lectura en una alternativa válida dentro de las múltiples maneras de abordar a Händel hoy.

¿Por qué importa esta función ahora? Porque revela cómo la música barroca puede seguir renovándose: no solo por fidelidad histórica, sino por la interacción entre una orquesta despierta y cantantes dispuestos a explorar la dimensión psicológica de sus arias. Además, sirve de termómetro para la recepción actual del repertorio antiguo en espacios tan centrales como el Teatro Real.

Para quienes busquen referencias, la historia discográfica y de escena de Giulio Cesare es amplia; grabaciones legendarias y montajes escénicos han ofrecido contrastes de enfoque. Esta entrega concreta del Real aporta la voz de una generación interesada en restituir color y movimiento al barroco sin perder su pulso.

En resumen: una lectura cuidada y sonora que confirma la vigencia de Händel y la capacidad del repertorio barroco para generar encuentros renovadores con el público contemporáneo.

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