Cabo de Gata mantiene su bastión artesanal

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Níjar se asoma desde lo alto de un barranco como un pueblo encalado que aún conserva oficio y paisaje propio. Hoy, su valor no es solo turístico: sus talleres, su memoria del agua y las vistas hacia el llamado “mar de plástico” explican conflictos actuales entre tradición, agricultura intensiva y gestión de recursos.

Memorias junto al mercado

En el centro histórico, el antiguo mercado de abastos revive ahora como punto de encuentro entre pasado y presente. Allí, junto a la entrada original de los años cincuenta, crece un olmo de gran porte que los vecinos señalan como testigo de generaciones.

El edificio, levantado sobre una balsa de riego y una fuente de 1859, aloja el Museo del Agua y la oficina de turismo local. Las salas cuentan la evolución de las prácticas agrícolas y la relación del municipio con sus manantiales: historias que ayudan a entender por qué el control del agua sigue siendo un asunto decisivo en la comarca.

La Atalaya: vigilancia y paisaje

Al cruzar el arco del Portillo se entra en el barrio de la Atalaya, un conjunto de calles aterrazadas donde las fachadas blancas contrastan con los perfiles ocres y azules. La torre que domina el barrio, de estructura nazarí, formó parte de una red defensiva y aún permite reconocer restos de murallas y fortificaciones antiguas.

Desde los miradores que suben hacia la torre, la vista se abre sobre la rambla cultivada y, en el horizonte, el litoral del Cabo de Gata y la bahía de Almería. Ese mosaico —tejido de campos, terrazas y polígonos de invernaderos— resume el presente de la zona: paisaje tradicional y actividad intensiva conviviendo con tensiones ambientales.

El pulso de los artesanos

Níjar mantiene un taller vivo de oficios locales: alfarería, trabajo de esparto y esteras tradicionales, entre otros. La Casa de los Artesanos, instalada en una antigua cuadra, funciona como pequeño museo etnográfico y como espacio de transmisión entre generaciones.

Entre quienes sostienen esa continuidad está Lorenzo Lores García, al frente ahora de una alfarería familiar que remonta varias generaciones. Junto a él, Loli —ya jubilada— sigue aportando destreza en la decoración de las piezas; la cerámica nijareña conserva esmaltes y colores ligados a minerales locales, aunque los motivos se han renovado con diseños contemporáneos.

  • Museo del Agua: exposición sobre sistemas de riego y la historia hídrica del valle.
  • Casa de los Artesanos: taller y piezas tradicionales de alfarería, jarapa y esparto.
  • Torre nazarí y miradores: vestigios defensivos y panorámicas al Cabo de Gata.
  • Plaza del Granero y Casa del Cine: alojamientos y rincones con historia reciente del pueblo.

Rincones y relatos

La plaza del Granero, junto a la iglesia mudéjar de Santa María de la Anunciación, acoge alojamientos con personalidad local. Uno de ellos, la llamada Casa del Cine, conserva una sala que fue proyectorio y ofrece vistas desde azoteas que son pequeñas atalayas sobre el casco.

José Jurado, promotor de iniciativas de recuperación, explica que muchas piezas han sido salvadas del olvido por la insistencia de vecinos que combinaron oficios como la panadería, la albañilería y la restauración para reconstruir materiales y relatos.

Por qué importa visitarlo ahora

Níjar representa un punto de encuentro entre patrimonio inmaterial y desafíos contemporáneos: la presión de la agricultura intensiva en el llano, la gestión del agua y la oportunidad de un turismo que sostenga economías locales sin desdibujar su identidad.

Visitar la villa permite reconocer y apoyar —de forma directa— a quienes mantienen oficios y memoria. Al mismo tiempo, ofrece una lectura en vivo de cómo se transforman los territorios rurales cuando la modernidad exige cambios en la naturaleza y en la forma de vivir.

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