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En el Teatro Fernán Gómez llega una versión que vuelve a poner en órbita la tensión de Arthur Miller: la función —en cartel del 4 de abril al 17 de mayo de 2026— relee el clásico desde la pulsión del control familiar y los celos, asuntos que siguen resonando en debates actuales sobre poder y migración. La apuesta de Javier Molina, con José Luis García-Pérez en el papel central, ofrece una lectura íntima y, a ratos, incómoda.
Autor: Arthur Miller. Versión: Eduardo Galán. Dirección: Javier Molina. Reparto principal: José Luis García-Pérez, María Adánez, Ana Garcés, Pablo Béjar, Rodrigo Poisón, Francesc Galcerán, Manuel de Andrés y Pedro Orenes.
La obra mantiene su fuerza porque explora, sin concesiones, contradicciones personales que trascienden época y lugar: lealtad frente a traición, el ideal del sueño americano, la presión social sobre la familia y la sombra de la mentira. En esta lectura, sin embargo, lo que domina es la dinámica de poder entre un hombre y su entorno inmediato.
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Un protagonista en tensión
El Eddie que propone García-Pérez es complejo y perturbador. No se trata solo de un personaje moralmente cuestionable; la puesta sugiere una descomposición íntima, un intento por controlar la vida de su sobrina Catherine que tiende a lo obsesivo. La producción esquiva una interpretación única: mantiene la duda sobre si el comportamiento de Eddie nace de un impulso erótico o de un afán por ejercer autoridad.
Ese tratamiento ambiguo potencia la tragedia. La versión de Eduardo Galán y la dirección de Molina afianzan la progresión del personaje hasta un desenlace que recuerda, por su gravedad, ecos dramáticos clásicos.
En escena, García-Pérez mantiene buen pulso dramático y sus confrontaciones con otros personajes construyen el núcleo emocional del montaje.
El reparto y el equipo técnico
María Adánez compone una Beatrice sólida, contenida pero con momentos de hondura; Pablo Béjar y Rodrigo Poisón encarnan a los jóvenes que llegan desde Italia y despliegan la tensión romántica y moral que desencadena el conflicto. Ana Garcés destaca por su seguridad en un papel clave para el equilibrio de la trama: su presencia compone, en muchas escenas, el altavoz de la vulnerabilidad y la esperanza.
En lo técnico, la escenografía de Elisa Sanz y la iluminación de Nicolás Fischtel contribuyen a una atmósfera densa y trabajada, aunque la propuesta recurre con frecuencia a proyecciones que, en mi opinión, resultan superfluas.
- Aciertos: Texto potente, dirección clara y un protagonista que sostiene la tensión dramática.
- Limitaciones: Exceso de proyecciones que distraen; la escena final de violencia no logra transmitirse con la verosimilitud que exige el clímax.
La lectura de Molina evita la caricatura y apuesta por la cercanía: Eddie aparece humano y, al mismo tiempo, peligroso. Ese contraste obliga al espectador a preguntarse cuál es el precio del control absoluto en las relaciones íntimas.
En conjunto, se trata de una función que recupera la vigencia del texto de Miller y la coloca en diálogo con preocupaciones contemporáneas sobre inmigración, códigos de honor y la gestión de la masculinidad. No es una versión complaciente; propone más preguntas que respuestas, y por eso merece la atención del público interesado en el drama clásico actualizado.
Si planea verla: la temporada permanece abierta hasta el 17 de mayo de 2026 en el Teatro Fernán Gómez. La intensidad del texto y la interpretación de García-Pérez convierten a esta propuesta en una cita teatral recomendable para quienes buscan un teatro que incomode y haga pensar.












