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Una joven viticultora de la provincia de Valencia ha puesto en el centro del debate la diferencia entre el encanto turístico de un pueblo y la realidad de vivir en uno. Sus mensajes, difundidos en vídeo este verano, recuerdan que la llegada temporal de visitantes cambia la rutina local y plantea preguntas sobre cómo se entiende y respeta la vida rural hoy.
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Paula Nuévalos, de 28 años, ha pasado de estudiar Ingeniería Mecánica a gestionar la bodega familiar y liderar Uterra Wines en el área de Utiel-Requena. Conocida en redes como Agropauli, combina la viticultura con la divulgación sobre el campo, mostrando tanto su pasión por el territorio como las dificultades cotidianas de trabajar la tierra.
La imagen turística versus la vida cotidiana
En un clip difundido recientemente mientras trabajaba en su tractor, Nuévalos cuestionó a quienes alaban el “pueblo” solo durante la temporada estival. Su crítica apunta a un fenómeno recurrente: visitantes urbanos que buscan descanso y ocio puntuales sin considerar el ritmo anual de la comunidad.

Ella no niega el valor del turismo rural: reconoce que las visitas pueden generar interés y apoyo económico. Pero advierte contra la idealización que convierte al núcleo rural en una especie de escenario temporal, donde se espera que todo funcione para el disfrute del foráneo.
Qué cambia cuando llegan los veraneantes
La afluencia estacional tiene efectos concretos y visibles. Algunos son positivos —mayor actividad comercial, ingreso extra para hostelería y servicios—, pero otros resultan problemáticos a medio plazo.

- Presión sobre servicios: aumento temporal de demanda en suministro de agua, recogida de residuos y atención sanitaria.
- Alteración del mercado: subida de precios de alquileres y encargos puntuales que no siempre benefician a la población residente.
- Ruptura social: expectativas distintas entre locales y visitantes sobre horarios, ruido y uso de espacios públicos.
- Visibilidad y orgullo: mayor interés por productos locales y patrimonio, que puede reforzar la economía si se gestiona con respeto.
Nuévalos enfatiza además que la vida en el pueblo cambia con las estaciones: hay un ritmo de trabajo en primavera, jornadas intensas en vendimia y un invierno con menos vida pública. Esa alternancia es parte del atractivo para quienes viven allí, pero no siempre coincide con lo que buscan los visitantes.
Un mensaje para visitantes y responsables
Su intervención ha servido para abrir una conversación sobre educación turística y reciprocidad. No se trata de prohibir las visitas, sino de replantear actitudes: más respeto por las rutinas, menos expectativa de servicio permanente y un acercamiento que valore la comunidad más allá de la estampa fotogénica.
Para que la llegada de foráneos sea sostenible, conviene que las administraciones y los propios visitantes consideren medidas prácticas. Entre las propuestas que suelen surgir en debates similares destacan:
- Promover actividades y comercio en temporadas bajas para reducir la estacionalidad.
- Informar a los visitantes sobre normas locales y horarios habituales.
- Fomentar el consumo de productos locales y contratos con empresas del lugar.
- Diseñar servicios públicos y transporte adaptados a las fluctuaciones de población.
Paula defiende su pueblo con orgullo —su paisaje, su gente y su trabajo—, pero también reclama honestidad a quienes declaman su amor por la vida rural: “amar el pueblo no es solo disfrutarlo en verano”, viene a decir en sus publicaciones, subrayando que la convivencia exige conocimiento y compromiso.
El debate que ella impulsa toca un asunto mayor: cómo equilibrar el interés por el mundo rural con el bienestar de sus habitantes para que la actividad turística no agote los recursos ni altere la convivencia habitual. Es una discusión actual y relevante para la sostenibilidad de la España vaciada y para cualquier ciudad que piense en escapar a la tranquilidad del campo.












