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Al término del verano, la marisma de Doñana vuelve a mostrar su rostro seco: amplias planicies con pocos puntos de agua y manchas verdes que delatan actividad humana. Esa distribución desigual del agua, confirmada por imágenes satelitales recientes, cambia hoy el mapa ecológico del parque y condiciona dónde pueden alimentarse y descansar miles de aves acuáticas.
El Espacio Natural de Doñana ha publicado un análisis basado en una imagen procesada del satélite Sentinel-2, que permite identificar con claridad las zonas sometidas a estrés hídrico y las que aún mantienen humedad suficiente para sostener vida.
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Vegetación y cultivos: contrastes desde el aire
Las señales desde el satélite muestran que los matorrales y los pastizales anuales —que ya han completado su ciclo— son los más afectados por la falta de agua. En el terreno, esto se traduce en superficies con un aspecto más estepario y vegetación amarillenta o ausente.

En cambio, las parcelas de arrozal aparecen con tonos mucho más intensos, reflejo de que siguen en plena producción gracias al riego. Ese contraste subraya la coexistencia entre zonas naturales en declive estival y áreas agrícolas que mantienen humedad artificialmente.
Incendios y puntos aún húmedos
Entre las áreas arboladas, sobresale el sector sur del parque, donde el incendio de mayo dejó extensas manchas pardas en el pinar de Marismillas. El daño visible desde el satélite confirma la huella del fuego sobre la cubierta forestal.

Solo unos enclaves continúan aportando agua en este momento crítico; son islas húmedas que funcionan como refugio para la fauna acuática.
- Laguna de Santa Olalla — uno de los puntos húmedos más destacados dentro del parque.
- Caño del Guadiamar — corredor fluvial que mantiene tramos con flujo y humedad.
- Veta la Palma — finca con gestión hídrica que favorece superficies inundadas.
- Salinas de Bonanza — en el sector sur del parque natural, con charcas residuales.
Estos reductos concentran miles de aves acuáticas en un espacio mucho menor al habitual. La concentración puede aumentar la competición por recursos y hace que la protección y vigilancia de esos puntos sea especialmente relevante durante las próximas semanas.
Desde la dirección del parque se muestran cautelosamente optimistas: la recuperación de Doñana depende en buena medida de las precipitaciones venideras, y los dos últimos años con lluvias generosas ayudaron a aliviar la situación. Sin embargo, la restauración completa exige también una dinámica hidrológica adecuada en todo el sistema, algo que no se resuelve solo con una temporada húmeda.
Implicaciones a corto y medio plazo
La situación actual pone sobre la mesa varios desafíos para gestores y científicos: compatibilizar agricultura y conservación, prevenir nuevos incendios en las áreas recuperadas y garantizar conectividad hídrica entre las distintas masas de agua.
En términos prácticos, las próximas estaciones definirán si las zonas secas vuelven a inundarse y si las poblaciones de aves recuperan su distribución habitual. Mientras tanto, la vigilancia satelital y los censos de campo seguirán siendo herramientas clave para monitorizar la evolución del humedal.
En resumen, la estampa de la marisma al final del verano recuerda que el agua, cuando escasea, reorganiza la vida del parque: transforma paisajes, concentra fauna y exige una gestión que contemple el funcionamiento del sistema en su conjunto.











