Escultores transforman el trabajo en deporte y dan vida a la piedra

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En una ladera de Navarra, a los pies de la sierra de Aralar, un conjunto de esculturas gigantes, piedras centenarias y pinturas en un hayedo constituye un proyecto vivo que mezcla tradición, arte y trabajo rural. Lo que comenzó como la obsesión creativa de un levantador de piedra se ha convertido en un espacio singular que interpela al visitante sobre el pasado y el futuro de las tradiciones vascas.

Iñaki Perurena, figura conocida por su trayectoria en los herri kirolak, ha transformado su antiguo caserío y los terrenos adyacentes en algo difícil de clasificar: museo, explotación ganadera, taller artístico y relato mitológico al aire libre. Durante décadas ha reunido piedras utilizadas en pruebas históricas, herramientas agrícolas, pinturas murales y esculturas colosales que dominan la pradera frente a la casa.

Una trayectoria que se protege con arte

La colección incluye piezas que ilustran hitos personales y del deporte rural: piedras utilizadas hace un siglo en competiciones, registros de proezas físicas y ejemplares didácticos para explicar la mecánica del levantamiento a quien se acerca. Perurena subraya que buena parte del dominio no depende solo de la fuerza, sino del conocimiento de palancas y ángulos; demuestra esto con una pieza de varios miles de kilos que sirve para enseñar física en la práctica.

Además de preservar objetos y recuerdos, el lugar funciona como explotación agrícola: animales pastan en los prados y la vida cotidiana del caserío sigue marcando el ritmo del proyecto. Perurena pasa de pintar motivos mitológicos a solucionar averías en la granja; el museo, en ese sentido, respira como una casa habitada.

Escultura monumental y mito

En el exterior, un parque escultórico parece obra de gigantes: figuras de gran escala que recrean escenas del levantamiento de piedra y símbolos locales. Algunas piezas son homenajes familiares; otras reproducen manos, txapelas o figuras de fuerza humana ampliadas hasta lo gigantesco. Los monolitos pintados diseminados por la finca transmiten relatos del repertorio mitológico vasco —la diosa Mari, Sugaar y otros personajes tradicionales— y sirven de guía para los visitantes que desean conocer la toponimia y las leyendas del lugar.

La propuesta combina memoria deportiva y folclore con un objetivo pedagógico: contar la historia del territorio a través de imágenes accesibles, sin renunciar a la dimensión estética de cada obra.

  • Qué ver: esculturas monumentales, piedras históricas de levantamiento, aperos tradicionales, pinturas murales y rupestres.
  • Itinerario corto: sendero de ~1 km que sube sobre la pradera y atraviesa el hayedo, con miradores hacia las esculturas.
  • Pinturas rupestres: casi 180 intervenciones a lo largo del bosque que narran fauna, oficios y tradiciones locales.
  • Contexto: enclave cercano a la frontera con Gipuzkoa, en una Navarra de montaña y clima atlántico.
  • Acceso: recorrido a pie apropiado para la mayoría de visitantes; conviene informarse sobre visitas guiadas o horarios antes de acudir.

El sendero que parte del caserío regala vistas de la pradera y adentra al visitante en un hayedo que, en primavera y verano, ofrece un paisaje especialmente llamativo. Las pinturas sobre roca se enfrentan al desgaste de la lluvia y el sol, por lo que la conservación es una tarea constante.

Conservación y legado

Perurena admite que la restauración de los dibujos es un trabajo recurrente: la naturaleza borra y él vuelve a pintar, en una labor que describe con humor y cierta melancolía. La pregunta sobre qué ocurrirá cuando ya no pueda asumir ese esfuerzo personal plantea un desafío para la pervivencia del proyecto: es un patrimonio en manos privadas que combina valor cultural, educativo y turístico.

En ese sentido, el conjunto ofrece una lectura doble: por un lado, es una exhibición de la cultura rural vasca y, por otro, un experimento personal sobre cómo narrar identidad mediante arte y objetos cotidianos. El resultado es un lugar que interesa tanto a quienes buscan experiencias culturales auténticas como a quienes estudian la conservación de tradiciones vivas.

Visitar este espacio permite comprender cómo prácticas nacidas en el trabajo del caserío —talar, levantar piedra, segar— se transformaron en deporte y ritual; y cómo un creador local convirtió ese pasado en un instrumento para enseñar, emocionar y conservar. La incógnita sobre su continuidad añade una dimensión urgente: conservarlo implica decidir si este tipo de patrimonio se integra en redes públicas o permanece como reliquia gestionada por sus autores.

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