El Gaudí extremeño abre al público en Badajoz su casa sin planos

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En la ladera de una sierra extremeña hay una casa que parece nacida de un capricho y no de un proyecto. No la firmó un arquitecto: la ideó y la levantó, pieza a pieza, un albañil durante sus ratos libres para cumplir la petición de su hija.

El conjunto, conocido como Capricho de Cotrina, está en Los Santos de Maimona (Badajoz) y abre sus puertas con visitas guiadas; su existencia pone en tensión dos realidades actuales: la pasión por la obra manual y los desafíos de conservar iniciativas singulares que no entran en los cauces convencionales del patrimonio.

Una casa hecha sin planos

Francisco González Grajera, apodado “Cotrina”, no era arquitecto sino marmolista y albañil. Cuando su hija le pidió una vivienda “diferente” con piscina, él transformó ese encargo infantil en una obsesión creativa. Durante más de tres décadas trabajó fines de semana y vacaciones, improvisando formas y soluciones hasta dar forma a un edificio imposible en medio de viñedos y olivares.

El resultado no busca la simetría ni la ortodoxia técnica: torrecillas, arcos, pináculos y una cúpula con remate dorado conviven con detalles artesanales. La piel de la casa está cubierta con piezas cerámicas adheridas al estilo modernista del trencadís, y los espacios interiores guardan sorpresas como un pasillo curvado suspendido del suelo o una puerta de más de media tonelada decorada con un pavo real.

Visitarlo despeja dudas sobre cómo una idea doméstica y la habilidad manual pueden producir una arquitectura que, por singular, atrae comparaciones con obras de creativos autodidactas en otros países y con la pulsión, descrita por algunos ensayistas, de erigir lo monumental a partir del esfuerzo individual.

Recorrido: lo que más llama la atención

La visita, guiada por la familia, permite ver desde los relieves exteriores hasta estancias aún inconclusas. Estos son algunos de los elementos que suelen llamar la atención de los visitantes:

  • Pasillo suspendido: un corredor de color salmón, curvo y elevado unos centímetros del suelo.
  • Entrada monumental: la puerta giratoria con el motivo del pavo real, que da acceso al salón principal.
  • Baño con cúpula: revestido de mosaicos azules y coronado por una estrella blanca en homenaje a la patrona local.
  • Decoración: relieves con flores, hojas, bellotas, una serpiente y figuras inesperadas que mezclan lo popular y lo personal.
  • Jardín y piscina: fuentes, maceteros y piezas cerámicas que completan el imaginario del conjunto.

La continuidad familiar y la conservación

Tras el fallecimiento de Francisco en 2016, varios de sus hijos han asumido la tarea de conservar y continuar añadiendo detalles. Pilar, una de las herederas del proyecto, organiza las visitas y acompaña a los grupos explicando la historia y las anécdotas de la construcción. «Nos enorgullece que la gente venga a ver la casa que hizo nuestro padre», comenta.

La iniciativa se mantiene con un modelo de gestión comunitaria: la entrada es gratuita, la visita se realiza con cita previa y se aceptan donativos para financiar el mantenimiento. Ese formato garantiza el acceso público pero plantea interrogantes sobre la sostenibilidad a largo plazo de obras no institucionalizadas.

Un valor turístico y cultural

El Capricho de Cotrina funciona hoy como atractivo local y ejemplo de creación espontánea. Para el municipio supone un aliciente turístico cercano a la Vía de la Plata y a Zafra, y para los visitantes, una lección sobre la imaginación constructiva fuera de las rutas habituales del patrimonio.

Su existencia recuerda que la conservación del patrimonio no solo depende de instituciones: también necesita del compromiso de familias, voluntarios y visitantes que reconozcan su singularidad y aporten recursos para su sostenimiento.

Información práctica

  • Dirección: C/ Capricho de Cotrina, s/n. Los Santos de Maimona (Badajoz).
  • Horario: Sábados, domingos y festivos, con cita previa.
  • Precio: Entrada gratuita (se acepta donativo).
  • Reservas: 651 023 004.

Visitar este lugar hoy significa contemplar una arquitectura personal que desafía categorías y, al mismo tiempo, apoyar la continuidad de un proyecto doméstico convertido en patrimonio local.

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