El montaje de Giulio Cesare que el Palau de les Arts presentó el 28 de febrero recuperó con fuerza la vitalidad del Händel escénico y dejó al público en pie durante minutos después del final; quedan funciones los días 11 y 13. Esta velada confirma que la ópera barroca puede conmover en grande y plantea consecuencias directas para la programación lírica de la ciudad: es una cita que merece prioridad en la agenda cultural.
La sala estuvo colmada y la atención se sostuvo casi cuatro horas, sin que la narración musical perdiera pulso. La experiencia no fue solo auditiva: el encuentro entre dirección musical, escenografía y voces creó varios instantes de impacto inmediato, esos que el aficionado recuerda durante años.
El motor de la función fue, sin duda, la batuta. Marc Minkowski imprimió al conjunto una energía comunicativa poco común: ritmo claro, color tímbrico y una tensión dramática que no sacrificó ni la delicadeza ni la claridad ornamentales. Frente a una orquesta moderna, logró una lectura con articulación y fluidez propias de conjuntos historicistas, gracias además a la presencia del continuo y a músicos de confianza que reforzaron el fraseo.
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La diferencia con la versión de concierto ofrecida días antes en Madrid quedó patente: allí hubo mayor énfasis historiográfico; en Valencia, en cambio, la apuesta fue por la tensión escénica y la intensidad expresiva. Resultado: el espectáculo valenciano sonó más visceral, pese a una acústica menos favorable y a la mayor distancia entre escenario y público.
La puesta en escena de Vincent Boussard optó por la contención visual. Paneles móviles, iluminación medida y proyecciones cinematográficas construyeron un espacio sobrio pero versátil. El vestuario de Christian Lacroix—al principio chocante por su referencia cortesana—fue revelándose como un aliado estético: extravagante y preciso, ayudó a definir caracteres sin distraer de la música.
Entre los rasgos dramáticos y vocales más reseñables:
– Dirección musical: Minkowski condujo con pulso dramático y claridad textural; la Orquestra de la Comunitat Valenciana se adaptó a una estética barroca con agilidad.
– Puesta en escena: austeridad escénica combinada con soluciones visuales (espejos, paredes móviles, proyecciones) que intensificaron la unión entre música y escena.
– Voces protagonistas: revelaciones y solidez de cartel que no dependen exclusivamente de la notoriedad mediática.
– Comparativa: la versión valenciana priorizó el impacto escénico; la de Madrid buscó la fidelidad de época.
La voz que más sobresalió fue la de Marina Monzó, para quien este Giulio Cesare supuso la entrada al repertorio barroco en un papel central. Su canto mostró pulcritud técnica, color natural y una presencia escénica que captó la atención desde la primera entrada. Momentos como el aria que recorre la platea —interpretado con extremo control del fraseo y un notable dominio dinámico— marcaron el pulso emocional de la función y consolidaron a la soprano como hallazgo importante.
En el papel de César, el contratenor Aryeh Nussbaum Cohen cubrió con solvencia las exigencias del rol: elegancia vocal, línea cuidada y capacidad para dialogar con los instrumentos. Su intercambio con el violín solista Stéphane Rougier en el segundo acto fue un duelo escénico y musical celebrado por el público.
No faltaron figuras consagradas que aportaron autoridad: la veterana Sara Mingardo dotó a Cornelia de densidad expresiva y estilo, mientras que Cameron Shahbazi y Arianna Vendittelli ofrecieron contrapuntos dramáticos y entrega escénica sólidos.
Que una producción de este calibre provoque una ovación prolongada tras cuatro horas de representación tiene implicaciones claras: sitúa al Palau de les Arts en la conversación internacional sobre teatros que apuestan por repertorio exigente y por montajes capaces de atraer a nuevos públicos. Es, además, una señal para temporadas futuras: la mezcla de riesgo artístico y calidad interpretativa funciona.
Algunos apuntes finales para el lector:
– Si puede, reserve local para los días 11 o 13: la función mantiene intensidad dramática y musical.
– Espere una lectura vivaz de Händel: menos arqueología sonora y más pulso escénico.
– Vea la producción sin prejuicios sobre el vestuario: su función dramática se revela progresivamente.
¿Es el Palau de les Arts ya uno de los grandes teatros de ópera europeos? Tras noches como esta, la duda pierde fuerza: la respuesta tiende a ser afirmativa.












