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Rafael Palacios dejó atrás la tradición de tintos de su familia en La Rioja para forjar, en los empinados bancales de Valdeorras, una versión del blanco español que hoy compite en los escaparates internacionales. Su apuesta por viñedos a gran altitud y su atención al suelo han colocado al godello del Bibei en el mapa; la pregunta actual es qué significa eso para el futuro de los vinos blancos españoles y para consumidores y pequeños viticultores.
En el extremo oriental de Ourense, donde los viñedos se aferran a terrazas que caen sobre el Sil, la viticultura exige más paciencia que potencia mecánica. Palacios, formado entre Alfaro y vendimias en Francia y Australia, decidió en 2004 convertir en proyecto personal la exploración de parcelas altas en el municipio de O Bolo. Allí busca acidez, frescura y un perfil mineral que diferencia a su godello de otros blancos de España.
Territorio y prácticas: por qué importa la ubicación
Las parcelas que trabaja la bodega se sitúan entre aproximadamente 640 y 730 metros sobre el nivel del mar, en la margen derecha del valle del Bibei. Ese componente de altura atenúa las temperaturas veraniegas y favorece noches más frías, condiciones clave para preservar la acidez en la uva.
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El sustrato también marca la personalidad del vino. En estas laderas domina el granito y los suelos arenosos y poco fértiles —suelo que obliga a un cultivo cuidadoso y, en muchos casos, a labores manuales—. El equipo técnico de la bodega destaca cómo ese conjunto geológico contribuye a una sensación más mineral y a una estructura fina en botella.
La historia humana detrás de los viñedos es parte del relato: parcelas fragmentadas por herencias y por décadas de abandono tras la filoxera, recuperadas más recientemente mediante compras a viticultores locales y apoyos institucionales para replantar godello. El mosaico actual suma más de 30 parcelas y cerca de 38 hectáreas repartidas por la zona.
Vinos clave y su carácter
La gama de la bodega traza un mapa del valle: desde un godello de entrada hasta etiquetas de guarda y parcelas históricas plantadas a principios del siglo XX. La línea de elaboración combina crianza sobre lías, uso controlado de madera y en algunos casos prácticas biodinámicas en viñas antiguas.
| Vino | Origen / Viñedo | Altitud | Crianza | Rasgo destacado |
|---|---|---|---|---|
| Louro de Bolo | Parcelas jóvenes y mixtas del Valle del Bibei | ≈ 640–680 m | 4 meses sobre lías en fudres | Entrada accesible, textura aportada por las lías |
| As Sortes | Seis parcelas norteñas, plantadas entre 1970–1980 | > 680 m | 8–11 meses en barrica | Estructura para guarda y evolución mineral |
| Sorte Antiga | Viñedo en pie franco, plantado en 1920 | — | 12 meses en barrica usada; fermentación con hollejos | Profundidad histórica, prácticas casi artesanales |
| Sorte O Soro | Bancal de 1978, orientación suroeste | ≈ 720 m | Biodinámica en viñedo; crianza variable | Reconocido internacionalmente; llegó a 100 puntos Parker |
Estos vinos no sólo representan un estilo: funcionan como documentos del paisaje. Las prácticas de cultivo —desde la protección del suelo con cubiertas vegetales hasta el uso de animales de tiro en zonas inaccesibles para maquinaria— buscan mantener humedad y proteger las uvas de la insolación, medidas que inciden directamente en la calidad final.
Reconocimiento y consecuencias
El impacto internacional llegó con fuerza cuando una de las parcelas alcanzó la máxima puntuación en catadores de referencia, un hito que colocó al godello del Bibei en los listados mundiales de blancos de altura. Ese reconocimiento no es un simple galardón: abre mercados, fomenta interés en la denominación y estimula el turismo vitivinícola en una comarca que hasta hace poco estaba al borde del abandono.
Para consumidores y comerciantes, la evolución del proyecto es una señal clara: los blancos españoles pueden competir frente a referentes internacionales si se trabaja el viñedo con sentido de lugar. Para los viticultores locales, la atención atrae inversión y, potencialmente, modelos de manejo que priorizan el territorio sobre la producción masiva.
- Para el aficionado: una oportunidad para descubrir blancos con acidez y mineralidad marcada.
- Para la industria: un ejemplo de cómo la altitud y la diversidad de suelos pueden ser palancas de calidad.
- Para el territorio: recuperación de parcelas históricas y revalorización del paisaje rural.
El proyecto de Rafael Palacios es, en esencia, una apuesta por la especificidad: viñas altas, suelos pobres, vendimias tardías y una lectura clara del terroir. En un momento en que las preferencias del mercado y los climas cambian, comprender por qué estos godellos funcionan hoy ayuda a anticipar cómo se configurará el mapa de los vinos blancos españoles en la próxima década.











